miércoles, 18 de septiembre de 2013

No me odies

Yesenia y Jenifer son ambas profesoras y bordean los 35 años. Hace 15 años que son pareja y viven juntas. Compraron un terreno, construyeron una casa y la han convertido en un lindo hogar de dos. La propiedad está a nombre de Yesenia. Si algo llegara a pasarle a ella, Jenifer perdería, no sólo al amor de su vida, sino todos sus bienes materiales que pasarían a propiedad de la familia de Yesenia. Si se aprobara la ley de la unión civil para homosexuales tampoco mejoraría la situación de Jenifer, pues lo más probable es que, en salvaguarda de su trabajo, no accedería a este derecho. Y es que, si ellas decidieran unirse civilmente, equivaldría a declarar públicamente su orientación sexual, lo cual seguramente las dejaría sin empleo y con el rencor reavivado de sus familias. Con una sociedad tan prejuiciosa como la nuestra. ¿Creen que el millón de homosexuales, que se calcula existe en el Perú, saldría en tropel a declarar públicamente su orientación al amparo de una unión civil legalizada? No lo crean.

Esta ley es lo mínimo que un Estado puede ofrecer a una minoría permanentemente juzgada y discriminada. La propuesta no es la gran cosa, no cambiará la doble moral de la sociedad, ni sus prejuicios medievales; pero ya es algo. Está formulada, además, en términos condescendientes respecto a los argumentos religiosos: no habla de matrimonio ni permite la adopción de hijos. Nadie está abriendo las puertas del cielo a los homosexuales, ni obligando a los devotos a ver con buenos ojos a la homosexualidad, ni pidiendo que se les permita casarse ante un altar; sólo se está reconociendo algunos derechos civiles de una minoría ciudadana, para adquirir propiedades y heredar en pareja, dentro de un país laico. Nada más.

Uno de los mayores detractores de esta ley es el congresista Carlos Tubino, del fujimorismo. Él afirma que es un paso previo al matrimonio gay y que éste es una amenaza para la familia, que está amparada por la Constitución. ¿Eso qué quiere decir? Que si los homosexuales se casan, que son el 3% de la población, ¿el resto de familias heterosexuales van a dejar de serlo? Parece que apoyaran las teorías que sostienen que todos somos homosexuales reprimidos en espera de mejores condiciones para “salir del closet”. Por favor. Bajo esa premisa, los hombres debieron dejar de serlo cuando se reconoció los derechos civiles de las mujeres.

Sería bueno que dejemos los discursos fatalistas para mejores causas, como la impunidad pretendida para sentenciados por delitos contra los derechos humanos o sacerdotes pedófilos librados de toda responsabilidad con auspicio de sus iglesias.


Un pueblo que practica la violencia, la desigualdad  y la discriminación; con autoridades que promueven el odio a las diferencias, eso sí es fatal. (set.2013)

Autogol

“Lo malo no es dios, sino su club de fans”, repiten quienes, a buena cuenta, reconocen los pecados de las iglesias, pero no aceptan que esto melle la divinidad del ser supremo en quien se inspiran. Y, a riesgo de caer en blasfemia, lo mismo podría decirse del fútbol.
Debo admitir que no soy aficionada, pero tampoco detractora. En ocasiones, he podido entender el fútbol como un ingenioso juego de estrategia y he visto jugadas que, ante mis ojos neófitos, han relucido de brillantes. Ojalá se tratara sólo de eso: un deporte.
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Pero el fútbol hace mucho que dejó de ser sólo un deporte. Para miles de acérrimos fanáticos se ha convertido en un culto, que los conduce a comportamientos absurdos, como aplazar una importante reunión de trabajo o hasta una boda para no perderse un partido; o a situaciones más dramáticas, como morir de un infarto por la emoción de un gol.

Pero el efecto más nocivo de este extraño culto –como sucede con todos los vicios-, es que convierte a sus seguidores en una masa vulnerable, que oscilará entre la euforia y la depresión a merced del desempeño de un equipo de fútbol que, en el caso peruano, casi siempre es lamentable. Y mientras el aficionado se devana los sesos para encontrar las causas y posibles soluciones a su frustración deportiva, los poderes políticos y económicos siguen sacando el mejor provecho, sin importar quién gane en la cancha.

“Han desilusionado a 30 millones de peruanos”, es una frase que leo con frecuencia luego de cada partido perdido en esta eliminatoria. “Una victoria (en el fútbol) es lo que el país necesita”, reiteran los comentaristas. ¿Perdón? Quizás la psicología podría dar mayores luces para tratar de entender de qué tipo de trastorno emocional emergen tales afirmaciones y bajo qué extraño hipnotismo colectivo muchos terminan creyéndolas. Pero, desde la comunicación social, que es lo mío, esos sólo son mensajes que se retroalimentan –de la masa a los medios -, con el único efecto de distraernos de los temas que verdaderamente importan.


En parte, lamento tener que escribir de fútbol en esta columna; pero el fenómeno no va a desaparecer con el sólo hecho de ignorarlo: ayer se jugó un nuevo partido y se habló nuevamente de la “esperanza de un país puesta en un seleccionado”. Olvidan nuevamente que sólo es un juego. Sin importar el marcador, seguiremos sudando la camiseta de la exclusión, la corrupción y la violencia. Aunque las matemáticas hicieran el milagro de que la selección nacional llegue al mundial, seguiremos  siendo un país que está entre los últimos del mundo en calidad educativa, donde no podemos caminar seguros por las calles, donde los ladrones de cuello y corbata saborean la impunidad; y los ciudadanos son más capaces de hacer causa común por un equipo de fútbol que por los niños que mueren de frío en las alturas. (set.2013)

Ya tocaba paro

Hace unos meses, el eterno dirigente popular, Felipe Domínguez, en una entrevista televisiva, explicaba que para este año tenía programado un paro, además de varias marchas de protesta. ¿Reclamando qué?, fue la pregunta lógica que no tuvo una respuesta concreta. Domínguez estaba seguro que en el camino aparecería algo por qué protestar. Así quedó claro que para este personaje, paralizar la ciudad y movilizar pobladores es sólo parte de su actividad dirigencial, la cual cumple aplicadamente. ¿Alguien duda que él esté motivado por intereses políticos ajenos a las “causas populares” que luego usa como excusa? Yo no.

Ayer, se cumplió lo anunciado: un paro regional. El reclamo principal – ¿o deberíamos decir, la excusa?-, fue la disminución del Canon Minero. Este aporte no ha sido escaso a lo largo de la última década, pero los gobiernos locales y el propio gobierno nacional no lo han sabido aprovechar. Han quedado millones de soles sin utilizar, otros tantos han sido invertidos negligentemente o han caído en las garras de la corrupción. Pero, claro, para los dirigentes, nada de esto importa al momento de organizar un paro y demostrar su poder de convocatoria.

“No tenemos servicios en mi pueblo, señorita. Y si cortan el Canon, seguro va a ser peor”, declaraba a una reportera, un poblador de Uchumayo que acompañaba la marcha de protesta de ayer en la Plaza de Armas. Sí, los pobladores sí tienen reclamos genuinos: en sus casas no hay agua y desagüe, no tienen empleo fijo, viven en la inseguridad, los precios de los alimentos suben, sus hijos no reciben una buena educación y sus familias no cuentan con un decente servicio de salud. Y todo esto sucede, mientras en el país se habla de bonanza económica e inclusión. Ellos están en las calles reclamando mejores condiciones de vida. Y de eso se aprovechan los dirigentes. Y digo: se aprovechan, porque esos paros y “marchas de sacrificio” sirven, por encima de todo, para que demuestren el poder que tienen sobre las masas y ganar con ello privilegios y prebendas de aquellas autoridades y políticos que en cada marcha cuentan votos.

Lo antes descrito no sucedo sólo en el Perú –como les gusta decir a tantos-, ni sólo ocurre ahora; es una vieja práctica, pero no por eso es correcta, ni mucho menos justa. Los dirigentes ganan poder, los manifestantes pierden esperanzas y confianza en el gobierno, y el resto de la población se ve perjudicada directamente en sus actividades económicas; mientras que el gobierno – a quien se supone va dirigida la protesta- sigue su agenda oficial sin inmutarse y el resto del país apenas si se entera que Arequipa estuvo en paro.


Si de lo que se trata es de expresar “la voz de protesta del pueblo”, debería comenzarse por legitimar las dirigencias; pues, las de ahora, flaco favor la hacen a ese pueblo con su sola presencia. 

¿Estamos fritos?

Con una botella de gaseosa en mano, como regalo, unas señoritas recolectan firmas para inscribir un movimiento político para las próximas elecciones municipales y regionales. Así de mal comenzamos. Y lo terrible no es sólo que ofrezcan la prebenda, sino que muchos la aceptan. Y luego se preguntan ¿por qué tenemos tan malos candidatos?
También nos quejamos de los personajes que finalmente resultan elegidos. “Cada pueblo tiene la autoridad que merece”, sentenciamos los que en suerte votamos por algún perdedor y nos vemos sometidos a la voluntad de la mayoría. Otros sin embargo, van un poco más allá: “elegimos autoridades entre los candidatos que la élite nos impone”, afirman.

Así, parece que la elección de autoridades se rigiera por leyes ajenas al propio elector, cuando se supone que en una democracia, como la nuestra, “el pueblo es el soberano”. Veamos nuestro actual panorama. Según diversas encuestas, alrededor del 70% de votantes no tiene candidato a la alcaldía provincial y gobierno regional de Arequipa, el resto menciona candidatos con nefastas hojas de vida. ¿Qué pasará con ese 70% que actualmente, a un año de las elecciones, no tiene candidato? Pues, a juzgar por lo sucedido en anteriores ocasiones, terminará votando por el mal menor o por aquél que le ofrezca más, sin importar la viabilidad de su propuesta. Y la historia se repetirá: volveremos a lamentarnos de nuestras autoridades. ¿Dónde está el hilo de esta madeja, para impedir que el ciclo se repita?

En los cálculos políticos, un año puede ser demasiado tiempo de anticipación para lanzar una candidatura. Los asesores recomiendan a sus candidatos mantener un perfil bajo el mayor tiempo posible, para reducir la posibilidad de que los enemigos políticos descubran los “anticuchos”, muertos en el ropero y rabos de paja que esconde el aspirante a autoridad; y se echen abajo la candidatura.  Como verán, esto ya pinta el tipo de candidatos que tenemos.

Pero un año es cortísimo si se trata de perfilar una propuesta seria para la administración de la ciudad y la región; para reunir técnicos capacitados y para organizar una campaña inteligente que no dependa de la venta anticipada del gobierno local.

Las campañas electorales son el mal inicio de todo gobierno. Se necesitan miles de dólares para la propaganda y, como no hay partidos políticos, no hay candidatura que pueda solventarse por sí sola. Ahí comienza a transarse las conciencias, desde el adinerado que “compra” una regiduría, por ejemplo, hasta el simple ciudadano que recolecta firmas y coloca afiches con el rostro del candidato para pedir después un puesto de trabajo.


A un año del próximo proceso electoral local y regional, el panorama es desolador. Sólo figuran, en el espectro político, candidatos de deplorable reputación y ninguna propuesta seria. ¿Estamos fritos? Mientras nos preocupemos del asunto sólo cuando una votación se avecina, la respuesta parece ser: sí. Ojalá me equivoque.

jueves, 22 de agosto de 2013

Cantemos, bailemos y... “raciemos”

Su nombre oficial es “Corso de la amistad”, pero cada vez parece menos amistoso. Es la principal actividad que se realiza desde hace tres décadas por el aniversario de la ciudad y, con cada año que pasa, no parece estar mejorando.

El afán de conservar las tradiciones dentro del corso terminan jugando malas pasadas. El primer inconveniente es que se realiza en las calles. Este año se extendió por más de seis kilómetros, desde la Avenida Lima en Mariano Melgar hasta la Avenida Avelino Cáceres en el distrito de Bustamante. Los que no acudimos al evento quedamos prácticamente impedidos de cruzar la ciudad. Para los que gustan participar de este colorido desfile el sacrificio puede ser mayor. 

La peripecia comienza con la ardua tarea de conseguir un lugar desde donde apreciar el espectáculo: apostarse desde muy temprano en un espacio de vereda y defenderlo, cuál bastión, durante varias horas; o pagar por cada silla que nos alquilen, más de 10 soles. Luego de una larga espera bajo el sol, comienzan a pasar las delegaciones, carros alegóricos y danzarines que hay que observar en medio de un mar de vendedores y personas que interrumpen la visión y generan desorden, empujones y hasta enfrentamientos verbales. El corso nunca es fluido: por momentos no hay nada qué ver, y en otros, las agrupaciones pasan raudas para llenar vacíos. Esto sucede durante más de 10 horas. Pero es la tradición y la mayoría parece estar acostumbrada.

Siempre se proponen soluciones: cambiar de organizador, que no se permita la lotización de las calles, que se reduzca el número de participantes, reforzar la participación de la Policía, etc.; pero la situación no cambia. Y dicen que es de tontos esperar resultados diferentes cuando se hace siempre lo mismo. Por cuestiones de seguridad, en este, como en otros años, el corso no ingresó al Centro Histórico, lo cual también es criticado por “no ajustarse a la tradición”.


Pero todos estos detalles logísticos no son lo menos amistoso del corso, sino la manera en que estas circunstancias sacan lo peor de las personas: el egoísmo, la falta de consideración, de respeto, el aprovechamiento y, lo que es más triste aún, el racismo. La cantidad de asistentes al corso se calcula en más de 50 mil, de todas las esferas sociales y colores. Una estampa casi completa de los habitantes de esta ciudad y de sus diferencias que, lamentablemente, no conviven en armonía. Es así que uno de los puntos de discusión sobre el corso es la participación de danzas puneñas. Y los epítetos se lanzan por doquier, así como las 100 toneladas de basura que quedan regadas a lo largo del desfile. 

Y nada de esto es amistoso, ni digno de una  tradición. ¿Podría alguien sugerir que el corso cambie radicalmente de desplazamiento y de reglas, sin convertirse en objeto de ataques chauvinistas? Creo que no y todo quedará como está. (ago.2013)

La bien amada

“Ciudad a la que nadie se ha atrevido a meterle la mano en las polleras… Ciudad donde los hombres se emborrachan bebiendo agua bendita… Arequipa y su táctica de anteponer el pecho a la cabeza”. Así escribió el poeta arequipeño Alberto Hidalgo en su “Carta al Perú”, en 1953, hace exactamente 60 años.

Ese talante contestatario ha caracterizado a los habitantes de estas tierras. Varios golpes de Estado, el de Castilla, Mariano Ignacio Prado, Sánchez Cerro y Odría se engendraron exitosamente al pie del Misti; y esos fueron sólo algunos de otros muchos levantamientos gestados en la ciudad. “No en vano se nace al pie de un volcán”, escribió Jorge Polar y está grabado en uno de los portales del Mirador de Yanahuara, donde todos los visitantes pueden tomar nota de este distintivo arequipeño.

“Cuando sonaban las campanas de la Catedral, el arequipeño salía a las calles preguntando: ¿por quién hay que luchar?”, refiere el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán. Y así, también se dice que no hay arequipeño que no hay vivido un terremoto y una revolución. Los últimos fueron precisamente en 2001 y 2002, respectivamente.

Ese carácter rebelde del “León del Sur” es parte del orgullo arequipeño. En Facebook, esa red social en Internet que refleja parte del mundo real, existen páginas con nombres que explicitan nuestro tradicional regionalismo: “orgullosos de ser arequipeños” o “soy arequipeño, entiendo tu envidia”, son algunos ejemplos. En estas páginas, se destaca principalmente las riquezas naturales, las tradiciones, los grandes personajes del ayer y los recuerdos de antaño.

Sin embargo, la ciudad como está hoy no inspira muchos comentarios de orgullo; por el contrario, es fuente de diatribas: el crecimiento desordenado, la campiña exterminada, el caos vehicular, la delincuencia, las costumbres perdidas, las malas autoridades. Pero, aun reconociendo que sus condiciones no son las mejores, cerca del 70% de habitantes en Arequipa dice estar satisfecho de radicar aquí, según una encuesta realizada por la iniciativa ciudadana “Arequipa te Queremos”, el año pasado.

Ahora bien, siempre que se contrasta lo bueno con lo malo de la ciudad se termina responsabilizando a la falta de identidad. En esta línea, comienzan a aparecer los denuestos contra la inmigración. Sin embargo, según la misma encuesta, el 65% de inmigrantes dice “sentirse arequipeño”, y sólo el 10% responde que “no”.


Así, Arequipa cobija a habitantes satisfechos y orgullosos. Un orgullo que merece más que el puro hecho de ufanarse de grandezas que se escapan y laureles de ayer; con un regionalismo “que sirva de trampolín y no de sofá”, que nos impulse a preservar e incrementar la belleza de la ciudad y sus valores, con esa fuerza que nos hace arequipeños.

miércoles, 7 de agosto de 2013

“Sí, soy mujer, gracias”

Un auto camuflado en forma de guante se desplaza por las calles de Lima propinando choquecitos a los conductores “faltosos”; al volante, una coprolálica Natalia Málaga se venga, a punta de malas palabras, de las ofensas que las conductoras tenemos que sufrir a diario en el tránsito. Eso se observa en un video recientemente difundido en los medios; y sí, a muchas nos da ganas de celebrarlo. A ver, pónganse en nuestros tacos. Además de sortear los embotellamientos infernales, tenemos que sobrellevar que los choferes espeten el sustantivo “mujer” como si fuera un insulto. Y no, no tienen fundamento.

En los países europeos, donde las primas de seguros contra accidentes de tránsito son más altas cuando el conductor ha demostrado impericia, las mujeres pagan menores primas. Se considera que las mujeres pueden ser mejores conductoras porque tienen un mayor grado de aversión al riesgo. La calma con la que ellas manejan, que enerva tanto a los varones, hace que la tasa de accidentes protagonizados por conductoras sea menor que la de ellos.

También es frecuente que los hombres comentan infracciones y provoquen accidentes debido a una excesiva confianza en su habilidad de manejar. Pero claro, esto es imposible de explicar a un conductor que me está mandando de regreso “a la cocina”, desde la ventanilla de su auto. Y en ese momento, provoca responderle con la misma moneda, al estilo Natalia Málaga.

En el Perú, de cada 100 conductores con licencia, más de 70 son varones y son responsables del 90 por ciento de accidentes de tránsito con heridos graves, según información de la Policía Nacional. Es cierto que no sólo hay más varones al volante sino que ellos pasan más tiempo en las pistas; lo cual podría explicar que el sexo masculino encabece de lejos las estadísticas de infracciones y accidentes de tránsito; sin embargo, algunos estudios realizados en Latinoamérica revelan que  1 de cada 20 mujeres conductoras comete infracciones de tránsito; mientras 7 de cada 20 varones, lo hace.

Tampoco es que pretendamos sugerir que las mujeres manejen mejor. El hecho es que manejamos diferente. Las leyes que mandan en las pistas –dominadas por hombres- no son las del reglamento de tránsito: en luz ámbar se acelera, en la intersección tiene preferencia el que “mete carro”, cuando la luz de un vehículo indica que cambiará de carril hay que cerrarle el paso, etc. Y en esa jungla de contradicciones, la mayoría de conductoras opta por respetar el reglamento oficial, de allí que se nos vea como una molestia y se nos haga blanco de burlas.


Pero, si las conductoras comenzáramos  a actuar como ellos, sólo para que dejen de insultarnos, como sugiere el video del “guantazo”, no le haríamos ningún favor a la sociedad y contribuiríamos al peligro en las calles, calles por donde transitan nuestros hijos. Esa es la diferencia. Por eso, cuando pretenden insultarme por ser mujer, yo respondo: “gracias”. (ago.2013)

No bajar la guardia

Tomar un taxi no es tarea simple. Antes de subirse a uno, hay que fijarse que el casquete sea de una empresa de garantía, que el número de placa esté pintado en la parte delantera  y puertas del vehículo y que, de preferencia, no sea un “Tico”. Al acercarse al auto para negociar el precio se debe observar que la identificación del conductor esté en lugar visible así como el número de la unidad, que tenga radio de comunicación y que el chofer no esté con lentes oscuros o gorro. Ya dentro del vehículo, nuevamente hay que observar que el número de la placa esté pintado en las puertas y parte posterior de los asientos delanteros. El largo “análisis de seguridad” se complementa además con la previsión de colocar los seguros de las puertas y estar atento a cualquier sospechoso cambio de rumbo que pudiera hacer el taxi.

Sí, todo eso es lo mínimo que tiene que hacerse, si queremos prevenir ser víctimas de un asalto en taxi, una modalidad delincuencial que se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. El modus operandi es similar en la mayoría de los casos. El chofer del falso taxi detiene el vehículo y deja subir a dos o tres sujetos más. La víctima es reducida y despojada de sus pertenencias; o secuestrada varias horas mientras los delincuentes retiran el dinero de las tarjetas bancarias que posea.

En algunos casos, la víctima es torturada, violada o asesinada. Y esas fueron las probabilidades que cruzaron por la mente de Paola, una mujer de 40 años, cuando tres sujetos se subieron al taxi que ella había abordado unas cuadras antes. Ella es periodista y acostumbra andar por las calles muy prevenida de los riesgos. Debido a su trabajo conoce al detalle las modalidades de robo, estafa y demás que existen en el medio, y de cómo prevenirlos. En su labor revisa a diario las notas policiales que dan cuenta de asaltos, violaciones y asesinatos en la ciudad. En resumen: conoce bien de los peligros que existen en las calles y, por eso, cuando requiere abordar un taxi sigue todas las instrucciones de seguridad recomendadas por la Policía que, como ya hemos visto, no son pocas. Pero no, aquella vez no había seguido todo el ritual de seguridad, había confiado sólo en algunos detalles. Bajó la guardia y se convirtió en una víctima más.


Se dice que en la ciudad no existe alguien que no haya sufrido este tipo de asalto o que tenga a algún pariente cercano que lo haya sufrido. Estadísticas precisas no hay y las pocas con que se cuenta sólo sirven para generar “comités” inoperantes o efímeros operativos policiales. El ciudadano ha quedado a su suerte y hasta que no se produzca una milagrosa y eficiente reacción del Estado, sólo nos queda no bajar la guardia. Jamás.

#Toma La Calle

“Los jóvenes salieron a las calles a defender la democracia”. Podría ser parte de un texto periodístico escrito estos días; pero también lo fue en 1998. Fueron los jóvenes los que salieron a protestar a las calles cuando el régimen autoritario de Alberto Fujimori defenestró a los magistrados del Tribunal Constitucional (TC), cuando esta institución quiso declarar inconstitucional una tercera postulación del ex mandatario.

En ese entonces, los medios estaban al servicio del régimen y la cobertura periodística de las protestas fue casi nula. Hoy en día, la prensa no está tan silenciada e Internet acerca la información a la ciudadanía. Aun así, existe más del 63% de la población, según encuestas, que desconoce acerca de la reciente vergonzosa designación de los representantes del TC y la Defensoría del Pueblo.

En otras palabras, hace 15 años, el gobierno tenía que vendarnos los ojos, ahora parece que los tenemos vendados a voluntad. Y son muchas las cosas que dejamos de ver, en medio de esta “bonanza económica”. No vemos, por ejemplo, que nos estamos convirtiendo en fieles consumidores y estamos dejando de lado nuestra condición de ciudadanos.

Esta semana, cientos de jóvenes parecen haber reaccionado. Esa tecnología que usualmente utilizan para el entretenimiento ha servido para convocarlos a una protesta en defensa de conceptos intangibles, como la democracia y la dignidad. No, no era la suba de pasajes o el precio de los comestibles. Aunque, en medio de las marchas, se escuchaban disímiles reclamos, todos al final reflejaban lo que los ciudadanos esperan de su gobierno: decencia y respeto a la “voz de la calle”.

Los jóvenes, en ese nuevo lenguaje que muchos apenas entendemos, han difundido proclamas en las redes sociales que dicen: #TomaLaCalle o #EsteCongresoNoMeRepresenta. Y deben saber que la ciudadanía no debe limitarse a una marcha callejera, que si el Congreso no los representa es porque apenas si nos ocupamos del tema en el momento de las elecciones o, en el mejor de los casos, cuando un gran abuso propicia una crisis, como ha sucedido estos días.

Hay mucho por hacer. Organizarse y emprender un  proyecto mayor, por ejemplo. Evitar manipulaciones ajenas, separar la paja del trigo, hacer que germine esa semilla de dignidad e impedir que se la lleve el viento, como ha sucedido ya en tantas ocasiones.


Se espera que el Congreso corrija hoy esa vergonzosa repartija de cargos en el TC y la Defensoría del Pueblo que aprobó la semana pasada. Eso será una victoria y podría representar el inicio de un cambio importante en el rumbo político del país, a punto de celebrar 192 años de vida independiente; o podría quedar sólo como un registro de fotos en Facebook, comentarios en Twitter y videos en Internet, hasta que una nueva crisis lleve a los jóvenes de turno a las calles. ¿Qué es lo que queremos para el Perú? (jul.2013)

miércoles, 17 de julio de 2013

La discriminación tiene rebote

Para el corso de aniversario de Arequipa de este año se ha dispuesto que sólo participen danzas  de nuestra región. Eso, además de ser discriminatorio, demuestra una absoluta falta de reconocimiento de lo que somos actualmente como ciudad. El 25% de la población en Arequipa es migrante, y el 80% de esta migración proviene de Puno. Esto sin contar a los que, habiendo nacido aquí, tienen sus orígenes en otras tierras.

Decisiones como ésta, que ha tomado el municipio, alimentan los resentimientos e impiden que el evidente mestizaje en nuestra ciudad encuentre un camino armonioso. En otras palabras, provocan que los habitantes de una misma ciudad nos sigamos viendo como extraños y potenciales enemigos. En conclusión: más discriminación. Realmente preocupante, que la idea nazca de quien detenta el poder político.

Mariano nació en Juliaca y llegó a Arequipa cuando tenía 7 años. Por su lugar de origen fue objeto de burlas en el colegio, su tez cobriza lo convirtió en víctima del “raceo”. La ciudad le fue hostil y no le guarda ningún aprecio. Él ahora trabaja como taxista y es de los muchos que no respeta el reglamento de tránsito; y cuando no lo hace, los insultos que recibe están siempre dirigidos al color de su piel. En su casa, le ha enseñado a sus hijas a “no juntarse con las pituquitas”.

El racismo en nuestro medio ha tomado el nombre popular de “raceo”. Y así, tenemos en nuestra sociedad a los “raceadores”, aquellas personas que menosprecian a todo aquél que, por complejas causas psicosociopatológicas, consideran inferior. No todas las víctimas, los “raciados”, aceptan las afrentas con pasividad; y la revancha no siempre está dirigida contra los agresores. Así se teje una cadena de maltratos. La violencia engendra violencia, dicen, y la discriminación tiene rebote.

Elba es de Junín, vive en Arequipa y tiene a sus hijas estudiando en un colegio del distrito de Mariano Melgar. Allí, la mayoría de alumnas proviene de hogares migrantes de Puno. “A qué vienen ustedes provincianos acá, esto es para la gente de Puno”, le dicen a Elba las otras madres de familia. Y Elba y sus hijas son objeto de todo tipo de discriminación.

En Hunter, en un salón de un colegio particular, los alumnos han segregado a dos de ellos. En este caso, porque su color de piel es más claro que del resto. Los maestros, lejos de corregir esta conducta, la secundan con un trato discriminatorio. “Si no les gusta, que se los lleven a otro colegio”, comentan.


Y así, todos son discriminados en algún momento. ¿Nos les parece absurdo? Pues lo es, como quizás lo sea muchas de las conductas humanas. Pero ese balón de la discriminación llega muchas veces a nuestras manos y esa es la oportunidad que todos perdemos de detener el rebote.