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viernes, 1 de abril de 2016

El sexismo de la RAE

En todo el planeta, una de cada tres mujeres es agredida física, psicológica y sexualmente por personas de su propio entorno, según Naciones Unidas. Son víctimas de feminicidio: 66 mil cada año, es decir que son asesinadas por su condición de mujeres. El sexismo las mata.

La teoría de género y otras disciplinas han buscado las distintas causas del sexismo para poder atacar sus consecuencias nefastas. Una de las causas es “la invisibilidad de la mujer”: la sociedad se rige bajo parámetros que la menosprecian y excluyen. Uno de estos parámetros es el “sexismo lingüístico”, referido, principalmente, al uso genérico del masculino para designar los dos sexos y  el no uso del femenino para cargos, profesiones u oficios. Algunas instituciones españolas han elaborado guías de lenguaje no sexista, que reúnen, por ejemplo, el uso de la expresión “todos y todas” o “ciudadanos y ciudadanas”, entre otras recomendaciones.

Este uso viene siendo practicado desde hace más de una década en los países latinoamericanos, con mayor difusión en círculos académicos o políticos, que en las esferas populares. Es decir que es poco probable un efecto directo de este uso del lenguaje en la disminución de la discriminación contra la mujer. Con este criterio, la Real Academia Española (RAE) ha aprobado un informe que rechaza estas guías.


Para la organización, los hispanohablantes no necesitan modificar el uso de su idioma para huir del sexismo. Así, ponen lo efectivo sobre lo significativo, como si ellos, los gurús del idioma, no supieran del valor representativo del lenguaje. La misma institución que incluyen la palabra “endenantes” en el diccionario; cierran el paso al lenguaje inclusivo. Muestra de que aún queda mucho sexismo por rebanar.
(ENERO, 2016)

miércoles, 18 de septiembre de 2013

No me odies

Yesenia y Jenifer son ambas profesoras y bordean los 35 años. Hace 15 años que son pareja y viven juntas. Compraron un terreno, construyeron una casa y la han convertido en un lindo hogar de dos. La propiedad está a nombre de Yesenia. Si algo llegara a pasarle a ella, Jenifer perdería, no sólo al amor de su vida, sino todos sus bienes materiales que pasarían a propiedad de la familia de Yesenia. Si se aprobara la ley de la unión civil para homosexuales tampoco mejoraría la situación de Jenifer, pues lo más probable es que, en salvaguarda de su trabajo, no accedería a este derecho. Y es que, si ellas decidieran unirse civilmente, equivaldría a declarar públicamente su orientación sexual, lo cual seguramente las dejaría sin empleo y con el rencor reavivado de sus familias. Con una sociedad tan prejuiciosa como la nuestra. ¿Creen que el millón de homosexuales, que se calcula existe en el Perú, saldría en tropel a declarar públicamente su orientación al amparo de una unión civil legalizada? No lo crean.

Esta ley es lo mínimo que un Estado puede ofrecer a una minoría permanentemente juzgada y discriminada. La propuesta no es la gran cosa, no cambiará la doble moral de la sociedad, ni sus prejuicios medievales; pero ya es algo. Está formulada, además, en términos condescendientes respecto a los argumentos religiosos: no habla de matrimonio ni permite la adopción de hijos. Nadie está abriendo las puertas del cielo a los homosexuales, ni obligando a los devotos a ver con buenos ojos a la homosexualidad, ni pidiendo que se les permita casarse ante un altar; sólo se está reconociendo algunos derechos civiles de una minoría ciudadana, para adquirir propiedades y heredar en pareja, dentro de un país laico. Nada más.

Uno de los mayores detractores de esta ley es el congresista Carlos Tubino, del fujimorismo. Él afirma que es un paso previo al matrimonio gay y que éste es una amenaza para la familia, que está amparada por la Constitución. ¿Eso qué quiere decir? Que si los homosexuales se casan, que son el 3% de la población, ¿el resto de familias heterosexuales van a dejar de serlo? Parece que apoyaran las teorías que sostienen que todos somos homosexuales reprimidos en espera de mejores condiciones para “salir del closet”. Por favor. Bajo esa premisa, los hombres debieron dejar de serlo cuando se reconoció los derechos civiles de las mujeres.

Sería bueno que dejemos los discursos fatalistas para mejores causas, como la impunidad pretendida para sentenciados por delitos contra los derechos humanos o sacerdotes pedófilos librados de toda responsabilidad con auspicio de sus iglesias.


Un pueblo que practica la violencia, la desigualdad  y la discriminación; con autoridades que promueven el odio a las diferencias, eso sí es fatal. (set.2013)

jueves, 22 de agosto de 2013

Cantemos, bailemos y... “raciemos”

Su nombre oficial es “Corso de la amistad”, pero cada vez parece menos amistoso. Es la principal actividad que se realiza desde hace tres décadas por el aniversario de la ciudad y, con cada año que pasa, no parece estar mejorando.

El afán de conservar las tradiciones dentro del corso terminan jugando malas pasadas. El primer inconveniente es que se realiza en las calles. Este año se extendió por más de seis kilómetros, desde la Avenida Lima en Mariano Melgar hasta la Avenida Avelino Cáceres en el distrito de Bustamante. Los que no acudimos al evento quedamos prácticamente impedidos de cruzar la ciudad. Para los que gustan participar de este colorido desfile el sacrificio puede ser mayor. 

La peripecia comienza con la ardua tarea de conseguir un lugar desde donde apreciar el espectáculo: apostarse desde muy temprano en un espacio de vereda y defenderlo, cuál bastión, durante varias horas; o pagar por cada silla que nos alquilen, más de 10 soles. Luego de una larga espera bajo el sol, comienzan a pasar las delegaciones, carros alegóricos y danzarines que hay que observar en medio de un mar de vendedores y personas que interrumpen la visión y generan desorden, empujones y hasta enfrentamientos verbales. El corso nunca es fluido: por momentos no hay nada qué ver, y en otros, las agrupaciones pasan raudas para llenar vacíos. Esto sucede durante más de 10 horas. Pero es la tradición y la mayoría parece estar acostumbrada.

Siempre se proponen soluciones: cambiar de organizador, que no se permita la lotización de las calles, que se reduzca el número de participantes, reforzar la participación de la Policía, etc.; pero la situación no cambia. Y dicen que es de tontos esperar resultados diferentes cuando se hace siempre lo mismo. Por cuestiones de seguridad, en este, como en otros años, el corso no ingresó al Centro Histórico, lo cual también es criticado por “no ajustarse a la tradición”.


Pero todos estos detalles logísticos no son lo menos amistoso del corso, sino la manera en que estas circunstancias sacan lo peor de las personas: el egoísmo, la falta de consideración, de respeto, el aprovechamiento y, lo que es más triste aún, el racismo. La cantidad de asistentes al corso se calcula en más de 50 mil, de todas las esferas sociales y colores. Una estampa casi completa de los habitantes de esta ciudad y de sus diferencias que, lamentablemente, no conviven en armonía. Es así que uno de los puntos de discusión sobre el corso es la participación de danzas puneñas. Y los epítetos se lanzan por doquier, así como las 100 toneladas de basura que quedan regadas a lo largo del desfile. 

Y nada de esto es amistoso, ni digno de una  tradición. ¿Podría alguien sugerir que el corso cambie radicalmente de desplazamiento y de reglas, sin convertirse en objeto de ataques chauvinistas? Creo que no y todo quedará como está. (ago.2013)