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viernes, 13 de junio de 2014

Bola de cristal

Es posible que en un futuro, quizás lejano, la sociedad peruana reconozca las evidencias científicas e históricas que explican que la diversidad sexual no es “aberrante” y, entonces, se deje de descalificar a otro ser humano por el hecho de amar distinto y se reconozcan sus derechos. 

En ese futuro, veremos que el reconocimiento de esos derechos no provocó ningún cataclismo en nuestro país, como no lo ha provocado en ninguna parte del mundo donde se han reconocido; que la humanidad no se extinguió y que ningún heterosexual fue obligado a dejar de serlo.

Es posible que en ese futuro nos avergoncemos de la discriminación que la mayoría ejerce contra la minoría gay, así como debemos avergonzarnos hoy de tantos años de esclavitud y negación de derechos a la mujer.

Lamentablemente, hasta que ese futuro llegue, muchas parejas serán despojadas de sus bienes y derechos por no ser heterosexuales y tendrán que seguir desarrollando su identidad en medio del rechazo y los prejuicios. Muchos jóvenes vivirán creyendo que son una  “abominación” o serán víctimas de la violencia por su orientación sexual, en una sociedad que alimenta el odio, negando derechos civiles a quienes no siguen el modelo de sexualidad convencional.


“Todos los seres humanos son libres e iguales en dignidad y derecho”, establece la Declaración Universal de Derechos Humanos y la frase ha sido citada por la ONU para respaldar el proyecto de ley de Unión Civil no Matrimonial en el Perú. Sin embargo, todo parece indicar que estamos lejos de ajustarnos a lo que el derecho internacional ampara desde hace mucho tiempo.  Y cuando ese momento llegue sabremos que prolongamos innecesariamente tanta injusticia. Unión Civil Ya.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

No me odies

Yesenia y Jenifer son ambas profesoras y bordean los 35 años. Hace 15 años que son pareja y viven juntas. Compraron un terreno, construyeron una casa y la han convertido en un lindo hogar de dos. La propiedad está a nombre de Yesenia. Si algo llegara a pasarle a ella, Jenifer perdería, no sólo al amor de su vida, sino todos sus bienes materiales que pasarían a propiedad de la familia de Yesenia. Si se aprobara la ley de la unión civil para homosexuales tampoco mejoraría la situación de Jenifer, pues lo más probable es que, en salvaguarda de su trabajo, no accedería a este derecho. Y es que, si ellas decidieran unirse civilmente, equivaldría a declarar públicamente su orientación sexual, lo cual seguramente las dejaría sin empleo y con el rencor reavivado de sus familias. Con una sociedad tan prejuiciosa como la nuestra. ¿Creen que el millón de homosexuales, que se calcula existe en el Perú, saldría en tropel a declarar públicamente su orientación al amparo de una unión civil legalizada? No lo crean.

Esta ley es lo mínimo que un Estado puede ofrecer a una minoría permanentemente juzgada y discriminada. La propuesta no es la gran cosa, no cambiará la doble moral de la sociedad, ni sus prejuicios medievales; pero ya es algo. Está formulada, además, en términos condescendientes respecto a los argumentos religiosos: no habla de matrimonio ni permite la adopción de hijos. Nadie está abriendo las puertas del cielo a los homosexuales, ni obligando a los devotos a ver con buenos ojos a la homosexualidad, ni pidiendo que se les permita casarse ante un altar; sólo se está reconociendo algunos derechos civiles de una minoría ciudadana, para adquirir propiedades y heredar en pareja, dentro de un país laico. Nada más.

Uno de los mayores detractores de esta ley es el congresista Carlos Tubino, del fujimorismo. Él afirma que es un paso previo al matrimonio gay y que éste es una amenaza para la familia, que está amparada por la Constitución. ¿Eso qué quiere decir? Que si los homosexuales se casan, que son el 3% de la población, ¿el resto de familias heterosexuales van a dejar de serlo? Parece que apoyaran las teorías que sostienen que todos somos homosexuales reprimidos en espera de mejores condiciones para “salir del closet”. Por favor. Bajo esa premisa, los hombres debieron dejar de serlo cuando se reconoció los derechos civiles de las mujeres.

Sería bueno que dejemos los discursos fatalistas para mejores causas, como la impunidad pretendida para sentenciados por delitos contra los derechos humanos o sacerdotes pedófilos librados de toda responsabilidad con auspicio de sus iglesias.


Un pueblo que practica la violencia, la desigualdad  y la discriminación; con autoridades que promueven el odio a las diferencias, eso sí es fatal. (set.2013)