martes, 11 de marzo de 2014

Nuestros muertos

Murieron 70 mil peruanos, entre las décadas del 80 y 90, en medio de una demencial lucha llamada terrorismo. El 70 por ciento era quecha-hablante. Se dice que al Estado no le importaron las muertes mientras sucedían en la sierra, que sólo el atentado en la calle Tarata de Miraflores, en Lima, motivó el interés por acabar con el terrorismo. Se sigue haciendo mezquinos balances sobre quién “mató menos” o quién murió porque “era necesario”. Delirante debate que sigue dejando de lado la atrocidad de esas 70 mil muertes.

El tema nos sigue dividiendo, sigue alimentando odios, sigue siendo un arma política y eso debería espantarnos. El Perú ya pagó ese periodo de violencia, con 70 mil muertos, y debemos asegurarnos que se cerró la cuenta. Para eso, los muertos tienen que dolernos y parece que no es así. Y no es así porque estamos perdiendo la memoria de lo ocurrido. Como muestra de ello, una comisión de trabajo del Congreso de la República, designa a Martha Chávez como coordinadora de Derechos Humanos. Y no es broma. La señora defendió al grupo Colina, sugirió que una víctima de este grupo paramilitar se había “autotorturado” y sigue justificando las matanzas en Barrios Altos y La Cantuta. Ella pertenece a ese sector de la población que considera que hubo “muertos necesarios”. Y, aunque ella pudiera estar muy en su derecho de pensar así; es imperdonable que en el Congreso se le entregue la misión de evaluar los derechos humanos en el país.
Martha Chávez no es el problema, sino la postura extremista que ella representa y que, tanto como el terrorismo, no debe tener espacio en la vida política del país.  

En la Alemania postnazi, la población alemana, sobre todo los jóvenes, se negaban a denominarse "patriotas" por la vergüenza histórica que provocó el fascismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un proceso de educación y divulgación de los delitos cometidos por los nazis. El propósito era impedir que la historia se repita.

En nuestro país, el horror de la violencia sólo ha dejado un saldo de muerte y nada de vergüenza histórica. El atroz “pensamiento Gonzalo” sigue teniendo adeptos y los que “mataron menos” pretende desaparecer del recuerdo esa parte de vergüenza que les corresponde. Parece que nos sintiéramos inmunes, seguros de que la historia no va a repetirse, providencialmente. Y seguimos pisoteando la memoria de nuestros muertos, extasiados en esa “bonanza económica” que no todos disfrutan.

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”, sentenció el sabio latino Marco Tulio Cicerón. Y debería aterrarnos que esa historia de muerte, que sufrimos los peruanos, se repita. No importa si somos rojos, anaranjados, verdes o amarillos, la violencia debe ser condenada venga de donde venga. Y la memoria debe ayudarnos a construir una sociedad diferente a aquella que nos hundió en el horror.

jueves, 31 de octubre de 2013

“El puerquito”

Teníamos más de 9 millones de soles y 20 mil metros cuadrados de terreno en el centro de la ciudad, como para lucirnos con un bello y moderno teatro; pero el municipio nos entregó una especie de coliseo semicircular de techo verde traslúcido, sin criterio acústico, escénico, ni arquitectónico, bautizado pomposamente como “Palacio Metropolitano de Bellas Artes”. Teníamos 15 millones de soles y un balneario con historia, como para hacer de Tingo un ejemplo de modernidad y tradición; pero una avalancha de cemento se llevó el encanto de reposar a la sombra de los árboles. Teníamos 70 millones de soles para mejorar la infraestructura vial y se construyeron intercambios viales con estrechez de calles y visión de futuro. Y todos estos millones se gastaron tristemente en un sólo gobierno municipal.

Hasta hace más de una década, la falta de recursos económicos era la excusa permanente para la falta de obras que favorecieran al desarrollo de la ciudad. Lo que hoy lamentamos es la inversión irresponsable de millones de soles. Y en las críticas, el nombre repetido es el del alcalde provincial, Alfredo Zegarra Tejada, quien ha pedido simplemente que “no lo agarren de puerquito”. El burgomaestre descarta así las críticas, como si sólo fueran el producto de la animadversión de sus enemigos políticos.

Como todo aquél que se siente invulnerable, el alcalde vuelve a caer en error y los millones se siguen sacrificando. Son 25 millones de soles que el gobierno central comprometió para reconstrucción de la avenida Venezuela, destruida por las fuertes lluvias de febrero; pero la obra recién será licitada, más de ocho meses después, debido a que el municipio tardó en elaborar el expediente técnico. Y ocurre que falta muy poco para el inicio de la temporada de lluvias, con lo que el proyecto tendrá que aguardar más tiempo y podría costar más dinero.

Recordemos, además, que nuestro alcalde provincial estuvo dos años recibiendo dinero de la Universidad Nacional de San Agustín, como pago por una labor de docente que ya no realizaba. Más de 47 mil soles que el burgomaestre dice no haber notado en su cuenta bancaria. El dinero ha sido devuelto hace unas semanas; pero eso no cambia la imagen de una autoridad que “quiso pasarse de viva”.

¿Seguimos dándole al puerquito? No, no se trata de eso. Se trata de una frustración colectiva, de una ciudad que se enfrenta al caos de un crecimiento rápido y desordenado, con capacidad económica para hacerle frente, pero incapacidad de gestión en sus autoridades.


¿De qué sirve lamentarnos? Ahora quizás de muy poco, sobre todo por la descomunal sordera del municipio provincial. Pero no falta mucho para elegir nuevas autoridades y, entonces, deberemos recordar que en las manos de esos futuros alcaldes estarán, nuevamente, muchos millones de soles, que bien pueden proporcionarnos una ciudad mejor o, simplemente, más “puerquitos”.

El regreso de la Tía

Parecer que cuando se habla de minería no pudiera haber punto intermedio. Cualquier opinión a favor te convierte automáticamente en “pro-mina”; y cualquier crítica, en “antiminero”. Es como si se tratara de escoger entre dios y el diablo. En Arequipa, el caso Tía María, es así de sensible, y no es para menos.

Hace dos años y medio, tres personas murieron y decenas resultaron heridas en medio de las violentas protestas que se produjeron en contra de este proyecto minero, el cual busca establecerse muy cerca de una zona agrícola y que sufre de permanente escasez de agua.

Además del lamentable saldo, la empresa minera dejó un mal precedente: la UNOPS (organismo de las Naciones Unidas) encontró 138 observaciones al Estudio de Impacto Ambiental (EIA) del proyecto. Además, terminó aceptando utilizar agua de mar sólo después de las protestas y de haber sostenido por muchos meses que la alternativa era inviable por sus altos costos.

“Southern tiene un pasivo feo que pagar en el valle: los pasivos de humos de Chucarapi y Toquepala”, reconoce el flamante director de Relaciones Institucionales de la minera y expresidente de la Cámara de Comercio de Arequipa, Julio Morriberón. Corregir esa mala imagen no es tarea fácil; y más aún, después del maltrato –por decir lo menos- del año 2011.

Con el propósito de reanudar el proyecto minero, Southern ha iniciado la búsqueda de la llamada “licencia social”. Uno de los mecanismos es la realización de talleres, que tienen como objetivo informar a la población sobre los cambios que se han hecho al proyecto minero y cómo se desarrollarán. La semana pasada se canceló un taller no oficial, por falta de seguridad; y este fin de mes está programado un taller oficial, convocado por el ministerio de Energía y Minas (Minem), que podría terminar en lo mismo.

Dados los antecedentes, la población no confía en la minera, ni en sus propuestas. Esa posición es comprensible; sin embargo, asistir a los talleres no significa aceptar el proyecto, significa principalmente: escuchar. Y escuchar podría ser una buena oportunidad para demostrar que no se trata de un rechazo irracional y tozudo contra la minería, como algunos quieren calificarlo. “Lo cortés no quita lo valiente”, reza el dicho. Y si la población y sus líderes aceptaran asistir a los talleres tendrían la oportunidad de plantear sus exigencias, o su negativa, en un ambiente democrático y sensato; sin tener que recurrir a la violencia y desvirtuar sus justas demandas.


Cuando la convicción está de nuestro lado, el diálogo no es una amenaza. Así, estos talleres podrían ser vistos, por quienes rechazan el proyecto minero, como una oportunidad para dejar sentada su posición en términos pacíficos y demostrar que no hay manipulaciones de por medio.

martes, 29 de octubre de 2013

Votar y botar canditados

Según la Constitución Política vigente, para postular a la Presidencia del Perú sólo se requiere ser peruano de nacimiento, tener más de treinta y cinco años de edad y gozar del derecho de sufragio. Nada más. ¿Poco verdad? Así, cualquiera puede postular, como cualquiera puede comprar la lotería, y no es la misma cosa ¿O sí? Quiero creer que no.

El ejercicio de este derecho implica un deber muy importante ante el país y es el de ofrecer una verdadera y seria alternativa de gobierno. Además, para ofrecer esta alternativa de gobierno no basta con decir “yo puedo”, hay que demostrar que se puede; de lo contrario, una postulación podría convertirse en una suerte de estafa.

El que sea –o pueda ser considerado- un buen padre, un farandulero reconocido, un locutor visceral y otras hierbas del campo, no garantiza en absoluto que se convierta luego en un buen gobernante. Que el doctor Ciro Castillo Rojo, padre del fallecido estudiante en el Colca, postule a la presidencia es un ejemplo de cómo este derecho se puede ejercer sin responsabilidad; y que tenga un 4% de intención de voto, según encuestas recientes, demuestra que nuestro sistema democrático está en pañales.

Somos 30 millones de peruanos, ¿es mucho pedir que tengamos unos mil ciudadanos decentes que estén en la capacidad de ofrecer un buen gobierno? Quizás el problema no es la ausencia de personas idóneas, sino que éstas terminan relegadas o auto relegadas, ante la fauna politiquera que hace su aparición en temporada electoral.

“En el Perú no existen partidos políticos, lo que hay son franquicias electorales”, señala el politólogo Julio Cotler, y le sobra razón. Y el ciudadano parece conformarse con esta situación. Al momento de votar, no demanda propuestas viables tanto como “caras conocidas”, aunque detrás de estos rostros sólo haya oportunismo. Esto es bien sabido y aprovechado por ese circo de candidatos que ya comienzan a aparecer y que postulan a un cargo público, como quien juega La Tinka.

Y tenemos que admitirlo, experiencias pasadas demuestran que un “13” pintado en la nalga, puede convertir a una vedette en congresista, aunque su único mérito sea hacer reír al público con sus “audacias”. Pero no seamos pesimistas, en el último proceso de revocatoria, el electorado capitalino emitió un voto que ha sido llamado “inteligente”. Aún con una cédula compleja, se tomó el trabajo de discriminar entre uno y otro regidor a ser revocado. En ese proceso de madurez, aunque lento e insipiente, se podría esperar que comencemos a expectorar a esos personajes advenedizos que tanto daño le hacen al país una vez que ganan la lotería, quiero decir, las elecciones.


En un proceso electoral, nuestro voto no sólo sirve para elegir autoridades; sino también puede servir para dar lecciones de decencia a esos candidatos que merecen quedarse, como decía mi abuela, en andas y sin velas.

Sería un milagro

En los últimos 20 años, Arequipa ha pasado, de ser una ciudad pequeña, a ser una grande. De acuerdo a las últimas estimaciones censales, sólo en la ciudad vivimos más de un millón de personas y eso implica un nuevo tipo de problemas. La congestión de tránsito ya no se soluciona con un par de puentes; ni el desorden callejero, con un par de normas municipales que nadie respeta.

Y como el crecimiento demográfico ha sido tan abrupto, no sólo tenemos los problemas de una ciudad grande, sino que mantenemos otros que pertenecen a un poblado. Así, el vecino cierra la cuadra para vender parrilladas, la cofradía de la parroquia revienta troya a las 5:00 de la mañana de cualquier día, el colegio NN realiza una marcha publicitaria por el centro de la ciudad en día de semana, la institución AB celebra su aniversario en la Plaza de Armas también en día laborable y así, cada quien dispone de las calles más concurridas para sus propios fines sin importar las molestias y perjuicios que causen al resto de personas. Y ni qué decir de las marchas de protesta y procesiones, que llevan consigo el supuesto ejercicio de un derecho. Y digo “supuesto”, ya que atenta contra el derecho de la mayoría a transitar libremente.

Y es en octubre cuando la situación empeora. Son seis recorridos procesionales que se realizan en todo el mes y cada uno conlleva al cierre de varias calles y avenidas a lo largo de todo el día. Eso, sin contar las procesiones que se realizan en diversos barrios. No pretendo desconocer el valor religioso de la devoción al Señor de los Milagros, el problema aquí es de la necesidad de una convivencia urbana armoniosa. Según estudios de la Gerencia de Transportes del municipio provincial, 50 mil vehículos recorren diariamente el Centro Histórico y más de 150 mil personas, para cumplir con sus trabajos u otras diligencias, las que se ven afectadas, sobre todo por las dimensiones del evento religioso.

La venerada imagen de la Virgen de Chapi congregó, en varias oportunidades, a miles de devotos en el Estadio Arequipa. ¿Sería un milagro que se escogiera el mismo recinto para la veneración del Cristo Morado? La propuesta no es ideal, pero pretende no ser drástica ni irreverente.


Algunos dirán que no sólo en Arequipa se realiza este tipo de recorridos y que si en Lima se sigue haciendo, aquí también se puede. Pero debo recordar lo estrechas que son nuestras calles y que apenas si contamos con vías de desfogue. Por lo cual, no sólo en octubre debería cambiarse de hábitos –valga la ironía-, sino que deberíamos comenzar a dejar de lado la mala costumbre de ignorar al prójimo y su simple derecho a transitar sin tener que comer ansias.  

Renuncia periodística

El periodismo es de esas profesiones que entristece a un padre cuando escucha a su hijo que la ha elegido como carrera. No es de las que dan prosperidad económica con su solo y limpio ejercicio. Las satisfacciones son otras, por eso, es de las que necesitan más vocación que otras, más idealismo. Pero de los ideales, por lo general, no se vive; al contrario, se muere. Por desgracia, o por fortuna, la muerte es lenta.

El buen periodismo, como dice el maestro Ryszard Kapuściński, es intencional, es decir: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. Ojo: un cambio en la sociedad. A un ideal tan alto es más fácil renunciar que aferrarse. Y el mal periodismo es ése, el que renunció; y se ha fijado objetivos de otra índole.

Un locutor de radio que “abre los micros” en nombre de la libertad de expresión pero que deja que las honras sean vilipendiadas sin más pruebas que un resentimiento exacerbado y anónimo detrás de la línea del teléfono, ha renunciado al periodismo por completo. El cronista deportivo que critica al club de fútbol luego que no le permitieron ingresar con su familia al estadio sin pagar entrada, también. Ha renunciado al periodismo y desde el inicio, el novel reportero que corre tras una conferencia de prensa en busca de bocaditos y lapiceros de regalo; tanto como el conocido presentador de noticias que alquila su espacio en televisión para difundir con el rótulo de “información” aquello que es publicidad. Renuncia al periodismo también quien, bajo el extraño concepto de “periodismo institucional”, cumple las funciones de un relacionista público. Y si han renunciado no debería exigir el nombre de periodistas; pero lo tienen.

Algunos consideran que el empirismo es la principal causa del mal ejercicio de la carrera. Y en realidad la afirmación es muy vaga. Existen grandes periodistas que no pasaron por una facultad de periodismo y viceversa. En todo caso, el mal ejercicio nace de la absoluta falta de formación o de una deficiente. Pero, malos profesionales los hay en todos los campos. La diferencia es que la labor periodística está más expuesta al escrutinio público. Pero esto no es una excusa; por el contrario, es un agravante.


Hay que tener en cuenta que el título de “cuarto poder” es más lírico que pragmático, pues el poder lo detenta quienes están a la cabeza de los medios de comunicación, no los periodistas. Aun así, los periodistas ocupamos un privilegiado lugar en los mass media, desde el cual quizás no podamos mejorar el mundo, pero –al menos- podemos intentarlo. Y en ese intento está la vocación, el mérito de ser llamado periodista, de esos que ayer 1 de octubre, Día del Periodista Peruano, no asistieron a ningún agasajo ofrecido por quienes tienen que fiscalizar.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

No me odies

Yesenia y Jenifer son ambas profesoras y bordean los 35 años. Hace 15 años que son pareja y viven juntas. Compraron un terreno, construyeron una casa y la han convertido en un lindo hogar de dos. La propiedad está a nombre de Yesenia. Si algo llegara a pasarle a ella, Jenifer perdería, no sólo al amor de su vida, sino todos sus bienes materiales que pasarían a propiedad de la familia de Yesenia. Si se aprobara la ley de la unión civil para homosexuales tampoco mejoraría la situación de Jenifer, pues lo más probable es que, en salvaguarda de su trabajo, no accedería a este derecho. Y es que, si ellas decidieran unirse civilmente, equivaldría a declarar públicamente su orientación sexual, lo cual seguramente las dejaría sin empleo y con el rencor reavivado de sus familias. Con una sociedad tan prejuiciosa como la nuestra. ¿Creen que el millón de homosexuales, que se calcula existe en el Perú, saldría en tropel a declarar públicamente su orientación al amparo de una unión civil legalizada? No lo crean.

Esta ley es lo mínimo que un Estado puede ofrecer a una minoría permanentemente juzgada y discriminada. La propuesta no es la gran cosa, no cambiará la doble moral de la sociedad, ni sus prejuicios medievales; pero ya es algo. Está formulada, además, en términos condescendientes respecto a los argumentos religiosos: no habla de matrimonio ni permite la adopción de hijos. Nadie está abriendo las puertas del cielo a los homosexuales, ni obligando a los devotos a ver con buenos ojos a la homosexualidad, ni pidiendo que se les permita casarse ante un altar; sólo se está reconociendo algunos derechos civiles de una minoría ciudadana, para adquirir propiedades y heredar en pareja, dentro de un país laico. Nada más.

Uno de los mayores detractores de esta ley es el congresista Carlos Tubino, del fujimorismo. Él afirma que es un paso previo al matrimonio gay y que éste es una amenaza para la familia, que está amparada por la Constitución. ¿Eso qué quiere decir? Que si los homosexuales se casan, que son el 3% de la población, ¿el resto de familias heterosexuales van a dejar de serlo? Parece que apoyaran las teorías que sostienen que todos somos homosexuales reprimidos en espera de mejores condiciones para “salir del closet”. Por favor. Bajo esa premisa, los hombres debieron dejar de serlo cuando se reconoció los derechos civiles de las mujeres.

Sería bueno que dejemos los discursos fatalistas para mejores causas, como la impunidad pretendida para sentenciados por delitos contra los derechos humanos o sacerdotes pedófilos librados de toda responsabilidad con auspicio de sus iglesias.


Un pueblo que practica la violencia, la desigualdad  y la discriminación; con autoridades que promueven el odio a las diferencias, eso sí es fatal. (set.2013)

Autogol

“Lo malo no es dios, sino su club de fans”, repiten quienes, a buena cuenta, reconocen los pecados de las iglesias, pero no aceptan que esto melle la divinidad del ser supremo en quien se inspiran. Y, a riesgo de caer en blasfemia, lo mismo podría decirse del fútbol.
Debo admitir que no soy aficionada, pero tampoco detractora. En ocasiones, he podido entender el fútbol como un ingenioso juego de estrategia y he visto jugadas que, ante mis ojos neófitos, han relucido de brillantes. Ojalá se tratara sólo de eso: un deporte.
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Pero el fútbol hace mucho que dejó de ser sólo un deporte. Para miles de acérrimos fanáticos se ha convertido en un culto, que los conduce a comportamientos absurdos, como aplazar una importante reunión de trabajo o hasta una boda para no perderse un partido; o a situaciones más dramáticas, como morir de un infarto por la emoción de un gol.

Pero el efecto más nocivo de este extraño culto –como sucede con todos los vicios-, es que convierte a sus seguidores en una masa vulnerable, que oscilará entre la euforia y la depresión a merced del desempeño de un equipo de fútbol que, en el caso peruano, casi siempre es lamentable. Y mientras el aficionado se devana los sesos para encontrar las causas y posibles soluciones a su frustración deportiva, los poderes políticos y económicos siguen sacando el mejor provecho, sin importar quién gane en la cancha.

“Han desilusionado a 30 millones de peruanos”, es una frase que leo con frecuencia luego de cada partido perdido en esta eliminatoria. “Una victoria (en el fútbol) es lo que el país necesita”, reiteran los comentaristas. ¿Perdón? Quizás la psicología podría dar mayores luces para tratar de entender de qué tipo de trastorno emocional emergen tales afirmaciones y bajo qué extraño hipnotismo colectivo muchos terminan creyéndolas. Pero, desde la comunicación social, que es lo mío, esos sólo son mensajes que se retroalimentan –de la masa a los medios -, con el único efecto de distraernos de los temas que verdaderamente importan.


En parte, lamento tener que escribir de fútbol en esta columna; pero el fenómeno no va a desaparecer con el sólo hecho de ignorarlo: ayer se jugó un nuevo partido y se habló nuevamente de la “esperanza de un país puesta en un seleccionado”. Olvidan nuevamente que sólo es un juego. Sin importar el marcador, seguiremos sudando la camiseta de la exclusión, la corrupción y la violencia. Aunque las matemáticas hicieran el milagro de que la selección nacional llegue al mundial, seguiremos  siendo un país que está entre los últimos del mundo en calidad educativa, donde no podemos caminar seguros por las calles, donde los ladrones de cuello y corbata saborean la impunidad; y los ciudadanos son más capaces de hacer causa común por un equipo de fútbol que por los niños que mueren de frío en las alturas. (set.2013)

Ya tocaba paro

Hace unos meses, el eterno dirigente popular, Felipe Domínguez, en una entrevista televisiva, explicaba que para este año tenía programado un paro, además de varias marchas de protesta. ¿Reclamando qué?, fue la pregunta lógica que no tuvo una respuesta concreta. Domínguez estaba seguro que en el camino aparecería algo por qué protestar. Así quedó claro que para este personaje, paralizar la ciudad y movilizar pobladores es sólo parte de su actividad dirigencial, la cual cumple aplicadamente. ¿Alguien duda que él esté motivado por intereses políticos ajenos a las “causas populares” que luego usa como excusa? Yo no.

Ayer, se cumplió lo anunciado: un paro regional. El reclamo principal – ¿o deberíamos decir, la excusa?-, fue la disminución del Canon Minero. Este aporte no ha sido escaso a lo largo de la última década, pero los gobiernos locales y el propio gobierno nacional no lo han sabido aprovechar. Han quedado millones de soles sin utilizar, otros tantos han sido invertidos negligentemente o han caído en las garras de la corrupción. Pero, claro, para los dirigentes, nada de esto importa al momento de organizar un paro y demostrar su poder de convocatoria.

“No tenemos servicios en mi pueblo, señorita. Y si cortan el Canon, seguro va a ser peor”, declaraba a una reportera, un poblador de Uchumayo que acompañaba la marcha de protesta de ayer en la Plaza de Armas. Sí, los pobladores sí tienen reclamos genuinos: en sus casas no hay agua y desagüe, no tienen empleo fijo, viven en la inseguridad, los precios de los alimentos suben, sus hijos no reciben una buena educación y sus familias no cuentan con un decente servicio de salud. Y todo esto sucede, mientras en el país se habla de bonanza económica e inclusión. Ellos están en las calles reclamando mejores condiciones de vida. Y de eso se aprovechan los dirigentes. Y digo: se aprovechan, porque esos paros y “marchas de sacrificio” sirven, por encima de todo, para que demuestren el poder que tienen sobre las masas y ganar con ello privilegios y prebendas de aquellas autoridades y políticos que en cada marcha cuentan votos.

Lo antes descrito no sucedo sólo en el Perú –como les gusta decir a tantos-, ni sólo ocurre ahora; es una vieja práctica, pero no por eso es correcta, ni mucho menos justa. Los dirigentes ganan poder, los manifestantes pierden esperanzas y confianza en el gobierno, y el resto de la población se ve perjudicada directamente en sus actividades económicas; mientras que el gobierno – a quien se supone va dirigida la protesta- sigue su agenda oficial sin inmutarse y el resto del país apenas si se entera que Arequipa estuvo en paro.


Si de lo que se trata es de expresar “la voz de protesta del pueblo”, debería comenzarse por legitimar las dirigencias; pues, las de ahora, flaco favor la hacen a ese pueblo con su sola presencia. 

¿Estamos fritos?

Con una botella de gaseosa en mano, como regalo, unas señoritas recolectan firmas para inscribir un movimiento político para las próximas elecciones municipales y regionales. Así de mal comenzamos. Y lo terrible no es sólo que ofrezcan la prebenda, sino que muchos la aceptan. Y luego se preguntan ¿por qué tenemos tan malos candidatos?
También nos quejamos de los personajes que finalmente resultan elegidos. “Cada pueblo tiene la autoridad que merece”, sentenciamos los que en suerte votamos por algún perdedor y nos vemos sometidos a la voluntad de la mayoría. Otros sin embargo, van un poco más allá: “elegimos autoridades entre los candidatos que la élite nos impone”, afirman.

Así, parece que la elección de autoridades se rigiera por leyes ajenas al propio elector, cuando se supone que en una democracia, como la nuestra, “el pueblo es el soberano”. Veamos nuestro actual panorama. Según diversas encuestas, alrededor del 70% de votantes no tiene candidato a la alcaldía provincial y gobierno regional de Arequipa, el resto menciona candidatos con nefastas hojas de vida. ¿Qué pasará con ese 70% que actualmente, a un año de las elecciones, no tiene candidato? Pues, a juzgar por lo sucedido en anteriores ocasiones, terminará votando por el mal menor o por aquél que le ofrezca más, sin importar la viabilidad de su propuesta. Y la historia se repetirá: volveremos a lamentarnos de nuestras autoridades. ¿Dónde está el hilo de esta madeja, para impedir que el ciclo se repita?

En los cálculos políticos, un año puede ser demasiado tiempo de anticipación para lanzar una candidatura. Los asesores recomiendan a sus candidatos mantener un perfil bajo el mayor tiempo posible, para reducir la posibilidad de que los enemigos políticos descubran los “anticuchos”, muertos en el ropero y rabos de paja que esconde el aspirante a autoridad; y se echen abajo la candidatura.  Como verán, esto ya pinta el tipo de candidatos que tenemos.

Pero un año es cortísimo si se trata de perfilar una propuesta seria para la administración de la ciudad y la región; para reunir técnicos capacitados y para organizar una campaña inteligente que no dependa de la venta anticipada del gobierno local.

Las campañas electorales son el mal inicio de todo gobierno. Se necesitan miles de dólares para la propaganda y, como no hay partidos políticos, no hay candidatura que pueda solventarse por sí sola. Ahí comienza a transarse las conciencias, desde el adinerado que “compra” una regiduría, por ejemplo, hasta el simple ciudadano que recolecta firmas y coloca afiches con el rostro del candidato para pedir después un puesto de trabajo.


A un año del próximo proceso electoral local y regional, el panorama es desolador. Sólo figuran, en el espectro político, candidatos de deplorable reputación y ninguna propuesta seria. ¿Estamos fritos? Mientras nos preocupemos del asunto sólo cuando una votación se avecina, la respuesta parece ser: sí. Ojalá me equivoque.