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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Amenaza de muerte

Hasta hace poco más de un mes, las normas que buscaban proteger el patrimonio monumental impedían la modificación o la demolición parcial o total de edificaciones con valor arquitectónico o histórico, sin evaluación y autorización previa del INC (Instituto Nacional de Cultura). Así, si un propietario quería poner en valor un predio de este tipo, le demandaba mayores trámites y costos que si se tratara de construir en un terreno baldío.

Pero estas normas nunca aseguraron la conservación del patrimonio monumental. Primero, porque en muchos casos el INC intervino tarde o nunca en la modificación de un monumento histórico. Y segundo, porque cuando el capital privado no asumió los altos costos de una restauración, las edificaciones terminaron cayéndose de viejas.

En pocas palabras, las leyes de conservación del patrimonio no sirvieron mucho para su fin. ¿Y qué ha hecho el gobierno?, ¿ha mejorado estas normas? No. Lo que ha hecho es sacarlas de en medio para favorecer el “boom inmobiliario”. El pasado 10 de octubre, se ha emitido la Resolución 364 que elimina la exigencia de contar con una autorización previa del Ministerio de Cultura para ejecutar una obra en un inmueble declarado Patrimonio Cultural de la Nación.



Ahora son las municipalidades las que decidirán qué  obras son un potencial peligro para el patrimonio inmueble. Sí, esas mismas municipalidades que en Arequipa han autorizado habilitaciones urbanas en la campiña. ¿Qué podemos esperar que la gestión Zegarra haga con esta Resolución? El Palacio Metropolitano de Bellas Artes y el balneario de Tingo ejemplifican los conceptos que el reelegido alcalde tiene sobre “valor histórico y arquitectónico”. El patrimonio monumental de Arequipa está amenazado de muerte. (oct.2014)

viernes, 13 de junio de 2014

Auténticas picanterías

Después de más de 25 años fuera del país, Alfredo, un arequipeño “de pura cepa”, regresa a su tierra natal y lo primero que pide es que lo lleven a una picantería. Queriendo halagarlo, sus anfitriones lo llevan a un restaurante turístico que sirve comida tradicional. Al ver el lugar, con una gran ambientación y modernas cocinas, Alfredo reclama: “Quiero una picantería de verdad”. Y “¿qué es para ti una picantería de verdad?, le preguntan. “Una con mesas largas, manteles de plástico y bancas de madera a los costados; con gallinas y cuyes en el patio”.

El concepto de picantería varía generacionalmente, tanto que algunos nostálgicos sienten que “la verdadera picantería” ya está desapareciendo; un sentimiento comprensible pero, a mi entender, innecesariamente alarmista. No se puede negar que se han producido cambios. De hecho, estos lugares comenzaron a existir como comercios de expendio de chicha y otros licores, con el nombre de rancherías o chicherías, según la documentación existente desde el siglo XVI. Después comenzaron a incluir comidas.

La historia de las picanterías es tan extensa y rica como todo el valor cultural que encierra y que acaba de ser reconocido como Patrimonio Cultural de la Nación. Designación que, precisamente, tiende a evitar que los cambios disminuyan su esencia.


Pero, entonces, ¿cómo debe ser una auténtica picantería? De la Resolución que las reconoce como Patrimonio se desprende las siguientes características: deben tener chicha de guiñapo, una secuencia determinada de platillos a servir durante los almuerzos de la semana y – lógico- los "picantes", resaltando los "dobles", "triples" y "americanos". Mucho mejor si cuentan con un horno a leña y batán. La conservación de este Patrimonio sí que dará gusto.