jueves, 22 de agosto de 2013

Cantemos, bailemos y... “raciemos”

Su nombre oficial es “Corso de la amistad”, pero cada vez parece menos amistoso. Es la principal actividad que se realiza desde hace tres décadas por el aniversario de la ciudad y, con cada año que pasa, no parece estar mejorando.

El afán de conservar las tradiciones dentro del corso terminan jugando malas pasadas. El primer inconveniente es que se realiza en las calles. Este año se extendió por más de seis kilómetros, desde la Avenida Lima en Mariano Melgar hasta la Avenida Avelino Cáceres en el distrito de Bustamante. Los que no acudimos al evento quedamos prácticamente impedidos de cruzar la ciudad. Para los que gustan participar de este colorido desfile el sacrificio puede ser mayor. 

La peripecia comienza con la ardua tarea de conseguir un lugar desde donde apreciar el espectáculo: apostarse desde muy temprano en un espacio de vereda y defenderlo, cuál bastión, durante varias horas; o pagar por cada silla que nos alquilen, más de 10 soles. Luego de una larga espera bajo el sol, comienzan a pasar las delegaciones, carros alegóricos y danzarines que hay que observar en medio de un mar de vendedores y personas que interrumpen la visión y generan desorden, empujones y hasta enfrentamientos verbales. El corso nunca es fluido: por momentos no hay nada qué ver, y en otros, las agrupaciones pasan raudas para llenar vacíos. Esto sucede durante más de 10 horas. Pero es la tradición y la mayoría parece estar acostumbrada.

Siempre se proponen soluciones: cambiar de organizador, que no se permita la lotización de las calles, que se reduzca el número de participantes, reforzar la participación de la Policía, etc.; pero la situación no cambia. Y dicen que es de tontos esperar resultados diferentes cuando se hace siempre lo mismo. Por cuestiones de seguridad, en este, como en otros años, el corso no ingresó al Centro Histórico, lo cual también es criticado por “no ajustarse a la tradición”.


Pero todos estos detalles logísticos no son lo menos amistoso del corso, sino la manera en que estas circunstancias sacan lo peor de las personas: el egoísmo, la falta de consideración, de respeto, el aprovechamiento y, lo que es más triste aún, el racismo. La cantidad de asistentes al corso se calcula en más de 50 mil, de todas las esferas sociales y colores. Una estampa casi completa de los habitantes de esta ciudad y de sus diferencias que, lamentablemente, no conviven en armonía. Es así que uno de los puntos de discusión sobre el corso es la participación de danzas puneñas. Y los epítetos se lanzan por doquier, así como las 100 toneladas de basura que quedan regadas a lo largo del desfile. 

Y nada de esto es amistoso, ni digno de una  tradición. ¿Podría alguien sugerir que el corso cambie radicalmente de desplazamiento y de reglas, sin convertirse en objeto de ataques chauvinistas? Creo que no y todo quedará como está. (ago.2013)

La bien amada

“Ciudad a la que nadie se ha atrevido a meterle la mano en las polleras… Ciudad donde los hombres se emborrachan bebiendo agua bendita… Arequipa y su táctica de anteponer el pecho a la cabeza”. Así escribió el poeta arequipeño Alberto Hidalgo en su “Carta al Perú”, en 1953, hace exactamente 60 años.

Ese talante contestatario ha caracterizado a los habitantes de estas tierras. Varios golpes de Estado, el de Castilla, Mariano Ignacio Prado, Sánchez Cerro y Odría se engendraron exitosamente al pie del Misti; y esos fueron sólo algunos de otros muchos levantamientos gestados en la ciudad. “No en vano se nace al pie de un volcán”, escribió Jorge Polar y está grabado en uno de los portales del Mirador de Yanahuara, donde todos los visitantes pueden tomar nota de este distintivo arequipeño.

“Cuando sonaban las campanas de la Catedral, el arequipeño salía a las calles preguntando: ¿por quién hay que luchar?”, refiere el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán. Y así, también se dice que no hay arequipeño que no hay vivido un terremoto y una revolución. Los últimos fueron precisamente en 2001 y 2002, respectivamente.

Ese carácter rebelde del “León del Sur” es parte del orgullo arequipeño. En Facebook, esa red social en Internet que refleja parte del mundo real, existen páginas con nombres que explicitan nuestro tradicional regionalismo: “orgullosos de ser arequipeños” o “soy arequipeño, entiendo tu envidia”, son algunos ejemplos. En estas páginas, se destaca principalmente las riquezas naturales, las tradiciones, los grandes personajes del ayer y los recuerdos de antaño.

Sin embargo, la ciudad como está hoy no inspira muchos comentarios de orgullo; por el contrario, es fuente de diatribas: el crecimiento desordenado, la campiña exterminada, el caos vehicular, la delincuencia, las costumbres perdidas, las malas autoridades. Pero, aun reconociendo que sus condiciones no son las mejores, cerca del 70% de habitantes en Arequipa dice estar satisfecho de radicar aquí, según una encuesta realizada por la iniciativa ciudadana “Arequipa te Queremos”, el año pasado.

Ahora bien, siempre que se contrasta lo bueno con lo malo de la ciudad se termina responsabilizando a la falta de identidad. En esta línea, comienzan a aparecer los denuestos contra la inmigración. Sin embargo, según la misma encuesta, el 65% de inmigrantes dice “sentirse arequipeño”, y sólo el 10% responde que “no”.


Así, Arequipa cobija a habitantes satisfechos y orgullosos. Un orgullo que merece más que el puro hecho de ufanarse de grandezas que se escapan y laureles de ayer; con un regionalismo “que sirva de trampolín y no de sofá”, que nos impulse a preservar e incrementar la belleza de la ciudad y sus valores, con esa fuerza que nos hace arequipeños.

miércoles, 7 de agosto de 2013

“Sí, soy mujer, gracias”

Un auto camuflado en forma de guante se desplaza por las calles de Lima propinando choquecitos a los conductores “faltosos”; al volante, una coprolálica Natalia Málaga se venga, a punta de malas palabras, de las ofensas que las conductoras tenemos que sufrir a diario en el tránsito. Eso se observa en un video recientemente difundido en los medios; y sí, a muchas nos da ganas de celebrarlo. A ver, pónganse en nuestros tacos. Además de sortear los embotellamientos infernales, tenemos que sobrellevar que los choferes espeten el sustantivo “mujer” como si fuera un insulto. Y no, no tienen fundamento.

En los países europeos, donde las primas de seguros contra accidentes de tránsito son más altas cuando el conductor ha demostrado impericia, las mujeres pagan menores primas. Se considera que las mujeres pueden ser mejores conductoras porque tienen un mayor grado de aversión al riesgo. La calma con la que ellas manejan, que enerva tanto a los varones, hace que la tasa de accidentes protagonizados por conductoras sea menor que la de ellos.

También es frecuente que los hombres comentan infracciones y provoquen accidentes debido a una excesiva confianza en su habilidad de manejar. Pero claro, esto es imposible de explicar a un conductor que me está mandando de regreso “a la cocina”, desde la ventanilla de su auto. Y en ese momento, provoca responderle con la misma moneda, al estilo Natalia Málaga.

En el Perú, de cada 100 conductores con licencia, más de 70 son varones y son responsables del 90 por ciento de accidentes de tránsito con heridos graves, según información de la Policía Nacional. Es cierto que no sólo hay más varones al volante sino que ellos pasan más tiempo en las pistas; lo cual podría explicar que el sexo masculino encabece de lejos las estadísticas de infracciones y accidentes de tránsito; sin embargo, algunos estudios realizados en Latinoamérica revelan que  1 de cada 20 mujeres conductoras comete infracciones de tránsito; mientras 7 de cada 20 varones, lo hace.

Tampoco es que pretendamos sugerir que las mujeres manejen mejor. El hecho es que manejamos diferente. Las leyes que mandan en las pistas –dominadas por hombres- no son las del reglamento de tránsito: en luz ámbar se acelera, en la intersección tiene preferencia el que “mete carro”, cuando la luz de un vehículo indica que cambiará de carril hay que cerrarle el paso, etc. Y en esa jungla de contradicciones, la mayoría de conductoras opta por respetar el reglamento oficial, de allí que se nos vea como una molestia y se nos haga blanco de burlas.


Pero, si las conductoras comenzáramos  a actuar como ellos, sólo para que dejen de insultarnos, como sugiere el video del “guantazo”, no le haríamos ningún favor a la sociedad y contribuiríamos al peligro en las calles, calles por donde transitan nuestros hijos. Esa es la diferencia. Por eso, cuando pretenden insultarme por ser mujer, yo respondo: “gracias”. (ago.2013)

No bajar la guardia

Tomar un taxi no es tarea simple. Antes de subirse a uno, hay que fijarse que el casquete sea de una empresa de garantía, que el número de placa esté pintado en la parte delantera  y puertas del vehículo y que, de preferencia, no sea un “Tico”. Al acercarse al auto para negociar el precio se debe observar que la identificación del conductor esté en lugar visible así como el número de la unidad, que tenga radio de comunicación y que el chofer no esté con lentes oscuros o gorro. Ya dentro del vehículo, nuevamente hay que observar que el número de la placa esté pintado en las puertas y parte posterior de los asientos delanteros. El largo “análisis de seguridad” se complementa además con la previsión de colocar los seguros de las puertas y estar atento a cualquier sospechoso cambio de rumbo que pudiera hacer el taxi.

Sí, todo eso es lo mínimo que tiene que hacerse, si queremos prevenir ser víctimas de un asalto en taxi, una modalidad delincuencial que se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. El modus operandi es similar en la mayoría de los casos. El chofer del falso taxi detiene el vehículo y deja subir a dos o tres sujetos más. La víctima es reducida y despojada de sus pertenencias; o secuestrada varias horas mientras los delincuentes retiran el dinero de las tarjetas bancarias que posea.

En algunos casos, la víctima es torturada, violada o asesinada. Y esas fueron las probabilidades que cruzaron por la mente de Paola, una mujer de 40 años, cuando tres sujetos se subieron al taxi que ella había abordado unas cuadras antes. Ella es periodista y acostumbra andar por las calles muy prevenida de los riesgos. Debido a su trabajo conoce al detalle las modalidades de robo, estafa y demás que existen en el medio, y de cómo prevenirlos. En su labor revisa a diario las notas policiales que dan cuenta de asaltos, violaciones y asesinatos en la ciudad. En resumen: conoce bien de los peligros que existen en las calles y, por eso, cuando requiere abordar un taxi sigue todas las instrucciones de seguridad recomendadas por la Policía que, como ya hemos visto, no son pocas. Pero no, aquella vez no había seguido todo el ritual de seguridad, había confiado sólo en algunos detalles. Bajó la guardia y se convirtió en una víctima más.


Se dice que en la ciudad no existe alguien que no haya sufrido este tipo de asalto o que tenga a algún pariente cercano que lo haya sufrido. Estadísticas precisas no hay y las pocas con que se cuenta sólo sirven para generar “comités” inoperantes o efímeros operativos policiales. El ciudadano ha quedado a su suerte y hasta que no se produzca una milagrosa y eficiente reacción del Estado, sólo nos queda no bajar la guardia. Jamás.

#Toma La Calle

“Los jóvenes salieron a las calles a defender la democracia”. Podría ser parte de un texto periodístico escrito estos días; pero también lo fue en 1998. Fueron los jóvenes los que salieron a protestar a las calles cuando el régimen autoritario de Alberto Fujimori defenestró a los magistrados del Tribunal Constitucional (TC), cuando esta institución quiso declarar inconstitucional una tercera postulación del ex mandatario.

En ese entonces, los medios estaban al servicio del régimen y la cobertura periodística de las protestas fue casi nula. Hoy en día, la prensa no está tan silenciada e Internet acerca la información a la ciudadanía. Aun así, existe más del 63% de la población, según encuestas, que desconoce acerca de la reciente vergonzosa designación de los representantes del TC y la Defensoría del Pueblo.

En otras palabras, hace 15 años, el gobierno tenía que vendarnos los ojos, ahora parece que los tenemos vendados a voluntad. Y son muchas las cosas que dejamos de ver, en medio de esta “bonanza económica”. No vemos, por ejemplo, que nos estamos convirtiendo en fieles consumidores y estamos dejando de lado nuestra condición de ciudadanos.

Esta semana, cientos de jóvenes parecen haber reaccionado. Esa tecnología que usualmente utilizan para el entretenimiento ha servido para convocarlos a una protesta en defensa de conceptos intangibles, como la democracia y la dignidad. No, no era la suba de pasajes o el precio de los comestibles. Aunque, en medio de las marchas, se escuchaban disímiles reclamos, todos al final reflejaban lo que los ciudadanos esperan de su gobierno: decencia y respeto a la “voz de la calle”.

Los jóvenes, en ese nuevo lenguaje que muchos apenas entendemos, han difundido proclamas en las redes sociales que dicen: #TomaLaCalle o #EsteCongresoNoMeRepresenta. Y deben saber que la ciudadanía no debe limitarse a una marcha callejera, que si el Congreso no los representa es porque apenas si nos ocupamos del tema en el momento de las elecciones o, en el mejor de los casos, cuando un gran abuso propicia una crisis, como ha sucedido estos días.

Hay mucho por hacer. Organizarse y emprender un  proyecto mayor, por ejemplo. Evitar manipulaciones ajenas, separar la paja del trigo, hacer que germine esa semilla de dignidad e impedir que se la lleve el viento, como ha sucedido ya en tantas ocasiones.


Se espera que el Congreso corrija hoy esa vergonzosa repartija de cargos en el TC y la Defensoría del Pueblo que aprobó la semana pasada. Eso será una victoria y podría representar el inicio de un cambio importante en el rumbo político del país, a punto de celebrar 192 años de vida independiente; o podría quedar sólo como un registro de fotos en Facebook, comentarios en Twitter y videos en Internet, hasta que una nueva crisis lleve a los jóvenes de turno a las calles. ¿Qué es lo que queremos para el Perú? (jul.2013)

miércoles, 17 de julio de 2013

La discriminación tiene rebote

Para el corso de aniversario de Arequipa de este año se ha dispuesto que sólo participen danzas  de nuestra región. Eso, además de ser discriminatorio, demuestra una absoluta falta de reconocimiento de lo que somos actualmente como ciudad. El 25% de la población en Arequipa es migrante, y el 80% de esta migración proviene de Puno. Esto sin contar a los que, habiendo nacido aquí, tienen sus orígenes en otras tierras.

Decisiones como ésta, que ha tomado el municipio, alimentan los resentimientos e impiden que el evidente mestizaje en nuestra ciudad encuentre un camino armonioso. En otras palabras, provocan que los habitantes de una misma ciudad nos sigamos viendo como extraños y potenciales enemigos. En conclusión: más discriminación. Realmente preocupante, que la idea nazca de quien detenta el poder político.

Mariano nació en Juliaca y llegó a Arequipa cuando tenía 7 años. Por su lugar de origen fue objeto de burlas en el colegio, su tez cobriza lo convirtió en víctima del “raceo”. La ciudad le fue hostil y no le guarda ningún aprecio. Él ahora trabaja como taxista y es de los muchos que no respeta el reglamento de tránsito; y cuando no lo hace, los insultos que recibe están siempre dirigidos al color de su piel. En su casa, le ha enseñado a sus hijas a “no juntarse con las pituquitas”.

El racismo en nuestro medio ha tomado el nombre popular de “raceo”. Y así, tenemos en nuestra sociedad a los “raceadores”, aquellas personas que menosprecian a todo aquél que, por complejas causas psicosociopatológicas, consideran inferior. No todas las víctimas, los “raciados”, aceptan las afrentas con pasividad; y la revancha no siempre está dirigida contra los agresores. Así se teje una cadena de maltratos. La violencia engendra violencia, dicen, y la discriminación tiene rebote.

Elba es de Junín, vive en Arequipa y tiene a sus hijas estudiando en un colegio del distrito de Mariano Melgar. Allí, la mayoría de alumnas proviene de hogares migrantes de Puno. “A qué vienen ustedes provincianos acá, esto es para la gente de Puno”, le dicen a Elba las otras madres de familia. Y Elba y sus hijas son objeto de todo tipo de discriminación.

En Hunter, en un salón de un colegio particular, los alumnos han segregado a dos de ellos. En este caso, porque su color de piel es más claro que del resto. Los maestros, lejos de corregir esta conducta, la secundan con un trato discriminatorio. “Si no les gusta, que se los lleven a otro colegio”, comentan.


Y así, todos son discriminados en algún momento. ¿Nos les parece absurdo? Pues lo es, como quizás lo sea muchas de las conductas humanas. Pero ese balón de la discriminación llega muchas veces a nuestras manos y esa es la oportunidad que todos perdemos de detener el rebote.

Burocracia a cuestas

En el Perú, somos más de 3 millones y medio de contribuyentes registrados en SUNAT que, con nuestros impuestos, sostenemos directamente el aparato burocrático. El resto de la población adulta, unos 19 millones de peruanos, también contribuye con este sostenimiento mediante impuestos  indirectos.
Así resulta que millones de ciudadanos pagamos la planilla de 1 millón 300 mil servidores públicos, lo cual demanda un gasto anual de más de 2 mil 600 millones de soles. ¿A cambio de qué? De un sistema ineficiente, con muchos empleados que ingresaron a sus puestos de trabajo por la ventana y que, ahora, se reúsan a un cambio que busca beneficiar a la población.

En medio de intereses políticos, los empleados públicos no se dan cuenta que las recientes huelgas y marchas de protesta en contra la promulgada Ley del Servicio Civil ponen en tela de juicio su capacidad. Un buen trabajador no tendría por qué oponerse a ser evaluado; menos aún si va a recibir la oportunidad de capacitarse, en el caso de resultar desaprobado. Penoso resulta que reclamen en las calles y por la fuerza una estabilidad laboral que, al parecer, no se sienten capaces de ganar con un buen desempeño en sus puestos de trabajo.

Que el gobierno planea despidos masivos, que la evaluación será arbitraria y otros argumentos más de los huelguistas, terminan sonando a pretexto frente a una verdad innegable: la atención en el sector público tiene que mejorar.

Carmen acudió a la Oficina de Circulación Terrestre para renovar su licencia de conducir y se encontró con un impedimento: en el sistema, su brevete figuraba como “suspendido”. Segura de que se trataba de un error, la mujer pidió la revisión de su expediente en el cual, como ella afirmaba, no existía ningún documento que sustentara la sanción. Pese a esto, la encargada de la oficina se negó a darle solución al problema. Sólo con la intervención de la Defensoría del Pueblo, Carmen logró que se le reconociera el derecho a revalidar su documento, trámite que le tomó más de dos años porque, además, en el ínterin, el expediente se extravió.

Estar frente a un empleado público que, simplemente, se encoge de hombros ante las dificultades de un trámite documentario que su propia negligencia ha provocado, puede ser no sólo una experiencia enervante si no costosa en tiempo y dinero. Y sucede con demasiada frecuencia. Es cierto que la mala atención al público en la burocracia estatal, se debe además  a los sistemas engorrosos y la insuficiente cantidad de personal; pero, con mejores trabajadores, la situación sería mucho menos frustrante para el usuario.


Cada año, el aparato burocrático del Estado recibe 42 mil nuevos trabajadores, muchos de los cuales ingresan por favores políticos o “amiguismo”. En ese sistema informal nada garantiza la contratación de personal capaz, eficiente y honesto. Esto, en definitiva, tiene que cambiar.

“La voz de Dios”

Hace tres años, cerca de un centenar de personas se agolpó una mañana al frente de un centro comercial que aún no abría sus  puertas. El gentío furioso vociferaba en contra de la empresa, criticando su origen extranjero y demandando que se fuera del país. Dentro de la muchedumbre muchos gritaban: “¡saqueo!”. La razón: una mujer había llamado por teléfono a una sintonizada radio local denunciando que había sido maltratada físicamente en ese supermercado. Según la señora, la agresión se produjo luego que su pequeño hijo cogiera unos caramelos de los anaqueles, como una travesura; lo que habría provocado la ruda reacción del personal de seguridad del lugar. El locutor indignadísimo lanzó una perorata en defensa de la “humilde madre de familia” y convocó a su audiencia a realizar la protesta que, finalmente, se produjo.

En el lugar de la protesta, todos los manifestantes sustentaban su reclamo repitiendo la historia que se había propalado en el programa radial. Si bien no faltó alguien que afirmara ser testigo presencial de los hechos denunciados, la mayoría tenía un solo testimonio: el de la radio. Luego de un par de horas de griterío, que impidió el funcionamiento del local comercial, apareció en la escena, el locutor radial. El hombre fue entrevistado por unos colegas suyos sobre la autenticidad de la denuncia, pero él no supo responder. No sabía el nombre de la mujer, ni cómo ubicarla para refrendar lo ocurrido. Una llamada anónima había sido suficiente para armar tamaño molondrón.

El centenar de personas reunidas en el lugar ya había hecho su propio juicio, con víctimas, culpables y sentencia, basándose únicamente en un rumor. Y mientras esto sucedía, en la comisaría del sector se evaluaba un video de vigilancia del centro comercial sobre los hechos denunciados. En él se observaba a la mujer sustrayendo una pasta de dientes, un jabón y otros objetos pequeños de la tienda, en compañía de su menor hijo. Luego se la veía oponiendo resistencia ante la intervención del personal de seguridad. El parte policial, de otro lado, daba cuenta del hurto por un monto de 22 soles.

En esta historia tenemos a un puñado de gente inducido a una protesta en reclamo de un supuesto abuso; pero que en realidad terminó defendiendo a una delincuente común. La voz del pueblo, dicen, es la voz de Dios; pero no siempre tiene sabiduría.


Y recuerdo esto por el caso Ciro Castillo, cuando esa voz tampoco fue sabia al juzgar, sentenciar y condenar a Rosario Ponce por la muerte del joven universitario, acusación que el Ministerio Público acaba de archivar por falta de pruebas. No es poco el daño que ese ser inasible llamado “opinión pública” ha infringido a la joven; y es que esa “voz de Dios” es muchas veces sólo un rebaño que avanza sin medir las consecuencias.

Mercado de noticias

“Que un perro muerda a un hombre no es noticia, que un hombre muerda a un perro, sí lo es”. Así está escrito en un viejo manual de Redacción Periodística de la Associated Press. Y así como lo usual no es noticioso, al parecer existe un supuesto tácito de que lo bueno es lo que comúnmente sucede y, por lo tanto, no es noticia. Si una autoridad cumple con su deber no es un hecho noticiable; que un padre se sacrifique día a día por sus hijos, tampoco.  La noticia es que esa autoridad sea corrupta o que ese padre sea cruelmente violento con sus hijos, y así se termina seleccionando como noticia lo que es malo. ¿Cuántas veces no hemos visto titulares de prensa que señalan: “corrupción”? ¿Se imaginan uno que diga: “honestidad”?

Y entonces, tenemos noticieros llenos de accidentes y crímenes. Hasta hace un par de décadas atrás, en la televisión sólo se transmitía una hora de noticieros a las 10 de la noche, y las notas violentas ocupaban apenas unos minutos al final del programa. El tratamiento de esta información ha cambiado trágicamente. Las llamadas “notas rojas” son titulares y reciben una larga cobertura de imágenes escabrosas y testimonios desgarradores. ¿Se han preguntado por qué?

Hace unos años trabajaba en un semanario que apostaba por las notas de interés social y colocaba en primera plana temas como la educación o la cultura. La venta de esas ediciones era dramáticamente menor en comparación a las que llevaban en portada una nota policial. La historia de Liz Pierina o el Monstro de Chiguata batieron récord en ventas. Los editores de noticieros lo saben: las notas de sangre “venden”. Existe cierto morbo en el público que los medios malamente aprovechan para aumentar sus ventas o su sintonía. Ya lo dijo hace unos días un comentarista de CNN: “las noticias buenas no venden”. Y claro, todos le echan la culpa al vendedor de malas noticias, como lo hizo el presidente Ollanta Humala días atrás , pidiendo 15 minutos de noticias positivas a los medios peruanos.

Pero el comprador también tiene responsabilidad ¿no creen? Si el asesinato de Alicia Delgado ocupó primeras planas a lo largo de dos meses fue porque durante todo ese tiempo los periódicos que abrían con esa información se vendieron como pan caliente. Y lo mismo sucedió con el caso Ciro. No crean que los periodistas no estaban también hastiados de tratar el tema mes tras mes, pero era lo que aseguraba las ventas y la sintonía.


La relación público-medios tiene rasgos esquizoides. Y es que el público son millones de personas, muchas de las cuales consumen ávidamente lo que otras repudian. La responsabilidad del “vendedor” de malas noticias es ponderar sus intereses meramente comerciales; y la responsabilidad del “comprador” de información violenta es comenzar a demandar y consumir mejores contenidos, que sí, los hay.

jueves, 20 de junio de 2013

Feudos universitarios

Jorge tiene 20 años, es estudiante de Administración en la Unsa y aspira a ser docente de esa misma universidad, cuando culmine sus estudios. Más que esforzarse en obtener buenas notas está empeñado en involucrarse en la política universitaria. Se ha fijado que ese es el camino que la mayoría de sus maestros ha seguido para obtener una cátedra. Muchos de los docentes tienen más vínculos políticos que sapiencia o experiencia profesional.

Malena está culminando sus estudios de Periodismo, también en la Unsa. Mientras realiza sus prácticas termina de convencerse de que tuvo malos profesores y que el plan de estudios que siguió de poco le sirve para ejercer su carrera. Cae en la cuenta que muchas de las materias fueron impuestas para favorecer a algún docente, más que para preparar adecuadamente a los estudiantes.

Este tipo de educación superior, que reciben los jóvenes en las universidades públicas, le cuesta al Estado más de 3 800 millones de soles al año. Es decir, nos cuesta a todos los peruanos. Y esa no es la única razón por la cual la reforma universitaria nos atañe a todos. Hay que tener en cuenta que de todos estos centros de educación superior egresan los profesionales que trabajan en el país. De la calidad educativa de ellos dependerá el nivel de los médicos que nos atiendan, los profesores que eduquen a nuestros hijos, los ingenieros que construyan nuestras ciudades, en fin, el nivel de desarrollo que podamos aspirar.

El cambio más debatido de la reforma es la creación de la Superintendencia Nacional de Universidades (Sunau), ente que estaría encargado de supervisarlas. “Sería la catástrofe más grande en la educación”, ha dicho Orlando Velásquez, titular de la Asamblea Nacional de Rectores (ANR), advirtiendo que la reforma es una amenaza contra la autonomía universitaria y que convertiría a estos centros superiores en “feudos” del gobierno, “que los manejaría al vaivén de sus propios intereses”.

Curiosa afirmación de quien preside esa cofradía llamada ANR, integrada precisamente por muchos  rectores que han hecho de la universidad su “feudo” y que utilizan el término “autonomía” para proteger sus propios intereses. ¿Ha contribuido en algo la ANR para mejorar el funcionamiento de la universidad pública?

Que la Sunau esté adscrita al Ministerio de Educación quizás no sea la mejor idea, pero eso no debe impedir que se ejerza supervisión sobre las universidades, cuyo diagnóstico es catastrófico: ninguna de las que funciona en el Perú figura, siquiera, entre las primeras 500 del mundo.


Las universidades tienen la misión de generar desarrollo para la sociedad, a través de buenos profesionales; y eso no es posible cuando se utiliza el principio de la autonomía como excusa para eternizar la corrupción y la ineficiencia.