martes, 11 de marzo de 2014

Accidentes en combi

¡Oiga, no corra así, está llevando pasajeros, no ganado!, reclama una señora en la combi que corre veloz, realizando maniobras temerarias. “Si no le gusta, tome taxi”, responde el cobrador, mientras el conductor ni se inmuta y continúa en su ciega carrera. El resto de pasajeros calla, sólo un joven murmura con su compañero algo que parece una burla en contra de la mujer. Unas cuadras más allá, el vehículo ha adelantado grandemente a su competidor –otra combi- y comienza a desplazarse muy lentamente. Aunque impacientes, todos los ocupantes de la combi en cuestión llegan a su destino, sanos y salvos. Y así sucede infinidad de veces, hasta que un día, el bólido se pasa un semáforo en rojo, es embestido por otro y tres personas pierden la vida; como sucedió la mañana del último lunes en el distrito de Miraflores.

“Las autoridades tienen la culpa”, repiten las críticas sin cesar. Y, claro, porque resulta que la combi temeraria era “pirata”, porque las autoridades no cumplen su trabajo de hacer respetar las leyes.  Y es justo demandar que las autoridades realicen la labor por la cual cobran un sueldo mensual que todos pagamos con nuestros impuestos. Innegable.


No obstante, las autoridades y su incapacidad no son los únicos responsables, el mal proceder de algunos transportistas también lo es, además de nuestra indiferencia y nuestra inacción. Los pasajeros de la combi siniestrada declaran que el chofer conducía a alta velocidad, pero nadie se lo impidió. En casos como éste, el usuario-ciudadano es el más próximo a asumir una actitud responsable y exigir un viaje seguro, porque, ya sabemos, las autoridades actuarán tarde, mal o nunca.

Un discurso vetado

Somos un millón de personas que habitamos esta ciudad designada, hace 13 años, Patrimonio Cultural de la Humanidad; y, aunque lo celebramos, no hemos entendido que ese privilegio implica una gran responsabilidad. Implica, en palabras del historiador Jorge Bedregal La Vera, “que esa ciudad diversa y dinámica, ya no nos pertenece únicamente a nosotros, los radicados o nacidos aquí, sino que ahora pasa a formar parte del gran tesoro cultural humano que hay que cuidar, acrecentar, defender y mostrar, además de estudiar y entender”.

Estas palabras forman parte de un discurso que Bedregal preparó para un evento público, precisamente por el XIII aniversario de la declaratoria de Patrimonio. Y resulta que fue vetado por el propio alcalde provincial, Alfredo Zegarra, quien se negó a estar presente en la ceremonia si el discurso se pronunciaba.
“Por desgracia, modernidades mal entendidas y febles ideas de un progreso poco racional, han sido los principales enemigos del patrimonio”, es otra parte del discurso vetado. Y al margen de las soberbias que se niegan a escuchar críticas es importante que el resto de la ciudadanía lo sepa: como arequipeños de nacimiento o elección estamos obligados a proteger el patrimonio de la ciudad.


Esa es una tarea que tiene intermediarios para la toma de grandes decisiones: las autoridades que determinan el rumbo del desarrollo urbano. Y desde esa perspectiva, nos corresponde reclamar a los próximos aspirantes al sillón municipal que no se vuelva a ignorar la riqueza histórica y los valores arquitectónicos de la ciudad en la construcción de futuras obras; y que se compense a la ciudad por la pérdida de campiña con la creación de parques zonales, como mínimo.

Aguacero automotor

Cada mes se registran 2 mil 200 vehículos nuevos en Arequipa, según la SUNARP (Superintendencia Nacional de Registros Públicos), esto quiere decir que cada día circulan un promedio de 73 vehículos más en la ciudad… y contando. Ocho años atrás, el crecimiento era de 500 vehículos nuevos por mes. Y mientras el parque automotor crece exponencialmente y, con ello, el caótico transporte en la ciudad; la velocidad de reacción de nuestras autoridades marcha a paso de tortuga.

Los ciudadanos tuvimos que sufrir un año y medio de congestionamiento vehicular ocasionado por la construcción de infraestructura vial para un proyecto que, ahora resulta, es insuficiente para la ciudad. Ha comenzado a discutirse la instalación de un monorriel, y si esta propuesta corre la misma suerte que el Puente Chilina, por ejemplo, pasarán varios años para que sea realidad, si es que llega a realizarse. Y mientras tanto, más vehículos se irán sumando a las calles de Arequipa.

Un domingo por la mañana, toma diez minutos llegar al centro de la ciudad desde Cerro Colorado en auto; en días de semana, el trayecto toma el doble de tiempo o más. Esta historia se repite en todas las rutas y convierte el transporte urbano en un martirio.


Hasta que un verdadero proyecto integral comience a funcionar es urgente que se implementen medidas inmediatas, efectivas y drásticas: paraderos oficiales, restricción de circulación para vehículos pesados, cámaras de vigilancia en zonas rígidas, semáforos operativos y debidamente cronometrados en intersecciones de mayor congestionamiento, entre otras alternativas que los técnicos encargados deberían saber muy bien.

Acoso callejero


Un hombre baja de un camión cargado de combustible en un restaurante de carretera, en los Estados Unidos. En la zona de parqueo se acerca a dos mujeres que viajan solas y les dirige gestos sexuales obscenos. Ellas ya se habían topado con el individuo varias veces durante su viaje y soportado calladas su falta de respeto; pero esta vez, una de las mujeres coge un arma y dispara contra el camión que estalla en llamas. La escena pertenece a la galardonada película “Thelma and Luoise”, pero se asemeja bastante a lo que pasa en la mente de muchas mujeres cuando tenemos que soportar el acoso callejero.

Como mujer, no entiendo el placer que encuentran algunos hombres en proferir frases y gestos obscenos cuando ven pasar a una mujer que llama su atención. Como mujer, he querido muchas veces tener la fuerza suficiente para dejar al sujeto, al menos, tendido en el suelo con un dolor que lo deje sin ganas de hacer lo mismo por el resto de su vida. Como mujer, no puedo más que hacerme la loca y tragarme la indignación; peor aún, cuando el individuo se toma la libertad de tocarme. Impotencia.

Desde hace varios meses, un colectivo limeño viene desarrollando una campaña en contra del acoso callejero; y ha sacado a luz posiciones tan descabelladas como la de responsabilizar a las mujeres por “provocar” este tipo de conductas “por usar ropa llamativa”. Este machismo es alarmante, pues un razonamiento así, es el que termina responsabilizando a las mujeres de las violaciones sexuales de las que son víctimas.

No, señores, entérense: muchas se visten así en ejercicio de un simple derecho: la libertad. Para no pecar de ingenua, debo admitir que sí, muchas de ellas gustan de llamar la atención masculina con atuendos provocadores; pero son sólo algunas y grave error comenten los varones en pensar que esa coquetería les da licencia para ser obscenos.

Es cierto que la libertad en el vestir toma sus riesgos cuando se elige, por ejemplo, un mercado o un paradero para andar vestida como Shirley Arica, lo que equivale a caminar enjoyada por la calle 2 de Mayo; pero esto no justifica la falta de respeto. Una justificación de este tipo, pone al hombre en la condición de un delincuente que, simplemente, comete un atraco porque la víctima anda descuidada.


Es penoso tener que precisar que la mujer merece respeto –vista como se vista- y que el acoso callejero es una agresión, eso debería estar claro. Pero, como por lo visto, no está tan claro, hay que comenzar a enseñarlo, en los colegios y en los hogares. Puede parecer un tema superfluo, pero podría ser el comienzo de una convivencia sana, en donde la mujer deje de ser vista –y de verse-, como un objeto.

Nuestros muertos

Murieron 70 mil peruanos, entre las décadas del 80 y 90, en medio de una demencial lucha llamada terrorismo. El 70 por ciento era quecha-hablante. Se dice que al Estado no le importaron las muertes mientras sucedían en la sierra, que sólo el atentado en la calle Tarata de Miraflores, en Lima, motivó el interés por acabar con el terrorismo. Se sigue haciendo mezquinos balances sobre quién “mató menos” o quién murió porque “era necesario”. Delirante debate que sigue dejando de lado la atrocidad de esas 70 mil muertes.

El tema nos sigue dividiendo, sigue alimentando odios, sigue siendo un arma política y eso debería espantarnos. El Perú ya pagó ese periodo de violencia, con 70 mil muertos, y debemos asegurarnos que se cerró la cuenta. Para eso, los muertos tienen que dolernos y parece que no es así. Y no es así porque estamos perdiendo la memoria de lo ocurrido. Como muestra de ello, una comisión de trabajo del Congreso de la República, designa a Martha Chávez como coordinadora de Derechos Humanos. Y no es broma. La señora defendió al grupo Colina, sugirió que una víctima de este grupo paramilitar se había “autotorturado” y sigue justificando las matanzas en Barrios Altos y La Cantuta. Ella pertenece a ese sector de la población que considera que hubo “muertos necesarios”. Y, aunque ella pudiera estar muy en su derecho de pensar así; es imperdonable que en el Congreso se le entregue la misión de evaluar los derechos humanos en el país.
Martha Chávez no es el problema, sino la postura extremista que ella representa y que, tanto como el terrorismo, no debe tener espacio en la vida política del país.  

En la Alemania postnazi, la población alemana, sobre todo los jóvenes, se negaban a denominarse "patriotas" por la vergüenza histórica que provocó el fascismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un proceso de educación y divulgación de los delitos cometidos por los nazis. El propósito era impedir que la historia se repita.

En nuestro país, el horror de la violencia sólo ha dejado un saldo de muerte y nada de vergüenza histórica. El atroz “pensamiento Gonzalo” sigue teniendo adeptos y los que “mataron menos” pretende desaparecer del recuerdo esa parte de vergüenza que les corresponde. Parece que nos sintiéramos inmunes, seguros de que la historia no va a repetirse, providencialmente. Y seguimos pisoteando la memoria de nuestros muertos, extasiados en esa “bonanza económica” que no todos disfrutan.

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”, sentenció el sabio latino Marco Tulio Cicerón. Y debería aterrarnos que esa historia de muerte, que sufrimos los peruanos, se repita. No importa si somos rojos, anaranjados, verdes o amarillos, la violencia debe ser condenada venga de donde venga. Y la memoria debe ayudarnos a construir una sociedad diferente a aquella que nos hundió en el horror.

jueves, 31 de octubre de 2013

“El puerquito”

Teníamos más de 9 millones de soles y 20 mil metros cuadrados de terreno en el centro de la ciudad, como para lucirnos con un bello y moderno teatro; pero el municipio nos entregó una especie de coliseo semicircular de techo verde traslúcido, sin criterio acústico, escénico, ni arquitectónico, bautizado pomposamente como “Palacio Metropolitano de Bellas Artes”. Teníamos 15 millones de soles y un balneario con historia, como para hacer de Tingo un ejemplo de modernidad y tradición; pero una avalancha de cemento se llevó el encanto de reposar a la sombra de los árboles. Teníamos 70 millones de soles para mejorar la infraestructura vial y se construyeron intercambios viales con estrechez de calles y visión de futuro. Y todos estos millones se gastaron tristemente en un sólo gobierno municipal.

Hasta hace más de una década, la falta de recursos económicos era la excusa permanente para la falta de obras que favorecieran al desarrollo de la ciudad. Lo que hoy lamentamos es la inversión irresponsable de millones de soles. Y en las críticas, el nombre repetido es el del alcalde provincial, Alfredo Zegarra Tejada, quien ha pedido simplemente que “no lo agarren de puerquito”. El burgomaestre descarta así las críticas, como si sólo fueran el producto de la animadversión de sus enemigos políticos.

Como todo aquél que se siente invulnerable, el alcalde vuelve a caer en error y los millones se siguen sacrificando. Son 25 millones de soles que el gobierno central comprometió para reconstrucción de la avenida Venezuela, destruida por las fuertes lluvias de febrero; pero la obra recién será licitada, más de ocho meses después, debido a que el municipio tardó en elaborar el expediente técnico. Y ocurre que falta muy poco para el inicio de la temporada de lluvias, con lo que el proyecto tendrá que aguardar más tiempo y podría costar más dinero.

Recordemos, además, que nuestro alcalde provincial estuvo dos años recibiendo dinero de la Universidad Nacional de San Agustín, como pago por una labor de docente que ya no realizaba. Más de 47 mil soles que el burgomaestre dice no haber notado en su cuenta bancaria. El dinero ha sido devuelto hace unas semanas; pero eso no cambia la imagen de una autoridad que “quiso pasarse de viva”.

¿Seguimos dándole al puerquito? No, no se trata de eso. Se trata de una frustración colectiva, de una ciudad que se enfrenta al caos de un crecimiento rápido y desordenado, con capacidad económica para hacerle frente, pero incapacidad de gestión en sus autoridades.


¿De qué sirve lamentarnos? Ahora quizás de muy poco, sobre todo por la descomunal sordera del municipio provincial. Pero no falta mucho para elegir nuevas autoridades y, entonces, deberemos recordar que en las manos de esos futuros alcaldes estarán, nuevamente, muchos millones de soles, que bien pueden proporcionarnos una ciudad mejor o, simplemente, más “puerquitos”.

El regreso de la Tía

Parecer que cuando se habla de minería no pudiera haber punto intermedio. Cualquier opinión a favor te convierte automáticamente en “pro-mina”; y cualquier crítica, en “antiminero”. Es como si se tratara de escoger entre dios y el diablo. En Arequipa, el caso Tía María, es así de sensible, y no es para menos.

Hace dos años y medio, tres personas murieron y decenas resultaron heridas en medio de las violentas protestas que se produjeron en contra de este proyecto minero, el cual busca establecerse muy cerca de una zona agrícola y que sufre de permanente escasez de agua.

Además del lamentable saldo, la empresa minera dejó un mal precedente: la UNOPS (organismo de las Naciones Unidas) encontró 138 observaciones al Estudio de Impacto Ambiental (EIA) del proyecto. Además, terminó aceptando utilizar agua de mar sólo después de las protestas y de haber sostenido por muchos meses que la alternativa era inviable por sus altos costos.

“Southern tiene un pasivo feo que pagar en el valle: los pasivos de humos de Chucarapi y Toquepala”, reconoce el flamante director de Relaciones Institucionales de la minera y expresidente de la Cámara de Comercio de Arequipa, Julio Morriberón. Corregir esa mala imagen no es tarea fácil; y más aún, después del maltrato –por decir lo menos- del año 2011.

Con el propósito de reanudar el proyecto minero, Southern ha iniciado la búsqueda de la llamada “licencia social”. Uno de los mecanismos es la realización de talleres, que tienen como objetivo informar a la población sobre los cambios que se han hecho al proyecto minero y cómo se desarrollarán. La semana pasada se canceló un taller no oficial, por falta de seguridad; y este fin de mes está programado un taller oficial, convocado por el ministerio de Energía y Minas (Minem), que podría terminar en lo mismo.

Dados los antecedentes, la población no confía en la minera, ni en sus propuestas. Esa posición es comprensible; sin embargo, asistir a los talleres no significa aceptar el proyecto, significa principalmente: escuchar. Y escuchar podría ser una buena oportunidad para demostrar que no se trata de un rechazo irracional y tozudo contra la minería, como algunos quieren calificarlo. “Lo cortés no quita lo valiente”, reza el dicho. Y si la población y sus líderes aceptaran asistir a los talleres tendrían la oportunidad de plantear sus exigencias, o su negativa, en un ambiente democrático y sensato; sin tener que recurrir a la violencia y desvirtuar sus justas demandas.


Cuando la convicción está de nuestro lado, el diálogo no es una amenaza. Así, estos talleres podrían ser vistos, por quienes rechazan el proyecto minero, como una oportunidad para dejar sentada su posición en términos pacíficos y demostrar que no hay manipulaciones de por medio.

martes, 29 de octubre de 2013

Votar y botar canditados

Según la Constitución Política vigente, para postular a la Presidencia del Perú sólo se requiere ser peruano de nacimiento, tener más de treinta y cinco años de edad y gozar del derecho de sufragio. Nada más. ¿Poco verdad? Así, cualquiera puede postular, como cualquiera puede comprar la lotería, y no es la misma cosa ¿O sí? Quiero creer que no.

El ejercicio de este derecho implica un deber muy importante ante el país y es el de ofrecer una verdadera y seria alternativa de gobierno. Además, para ofrecer esta alternativa de gobierno no basta con decir “yo puedo”, hay que demostrar que se puede; de lo contrario, una postulación podría convertirse en una suerte de estafa.

El que sea –o pueda ser considerado- un buen padre, un farandulero reconocido, un locutor visceral y otras hierbas del campo, no garantiza en absoluto que se convierta luego en un buen gobernante. Que el doctor Ciro Castillo Rojo, padre del fallecido estudiante en el Colca, postule a la presidencia es un ejemplo de cómo este derecho se puede ejercer sin responsabilidad; y que tenga un 4% de intención de voto, según encuestas recientes, demuestra que nuestro sistema democrático está en pañales.

Somos 30 millones de peruanos, ¿es mucho pedir que tengamos unos mil ciudadanos decentes que estén en la capacidad de ofrecer un buen gobierno? Quizás el problema no es la ausencia de personas idóneas, sino que éstas terminan relegadas o auto relegadas, ante la fauna politiquera que hace su aparición en temporada electoral.

“En el Perú no existen partidos políticos, lo que hay son franquicias electorales”, señala el politólogo Julio Cotler, y le sobra razón. Y el ciudadano parece conformarse con esta situación. Al momento de votar, no demanda propuestas viables tanto como “caras conocidas”, aunque detrás de estos rostros sólo haya oportunismo. Esto es bien sabido y aprovechado por ese circo de candidatos que ya comienzan a aparecer y que postulan a un cargo público, como quien juega La Tinka.

Y tenemos que admitirlo, experiencias pasadas demuestran que un “13” pintado en la nalga, puede convertir a una vedette en congresista, aunque su único mérito sea hacer reír al público con sus “audacias”. Pero no seamos pesimistas, en el último proceso de revocatoria, el electorado capitalino emitió un voto que ha sido llamado “inteligente”. Aún con una cédula compleja, se tomó el trabajo de discriminar entre uno y otro regidor a ser revocado. En ese proceso de madurez, aunque lento e insipiente, se podría esperar que comencemos a expectorar a esos personajes advenedizos que tanto daño le hacen al país una vez que ganan la lotería, quiero decir, las elecciones.


En un proceso electoral, nuestro voto no sólo sirve para elegir autoridades; sino también puede servir para dar lecciones de decencia a esos candidatos que merecen quedarse, como decía mi abuela, en andas y sin velas.

Sería un milagro

En los últimos 20 años, Arequipa ha pasado, de ser una ciudad pequeña, a ser una grande. De acuerdo a las últimas estimaciones censales, sólo en la ciudad vivimos más de un millón de personas y eso implica un nuevo tipo de problemas. La congestión de tránsito ya no se soluciona con un par de puentes; ni el desorden callejero, con un par de normas municipales que nadie respeta.

Y como el crecimiento demográfico ha sido tan abrupto, no sólo tenemos los problemas de una ciudad grande, sino que mantenemos otros que pertenecen a un poblado. Así, el vecino cierra la cuadra para vender parrilladas, la cofradía de la parroquia revienta troya a las 5:00 de la mañana de cualquier día, el colegio NN realiza una marcha publicitaria por el centro de la ciudad en día de semana, la institución AB celebra su aniversario en la Plaza de Armas también en día laborable y así, cada quien dispone de las calles más concurridas para sus propios fines sin importar las molestias y perjuicios que causen al resto de personas. Y ni qué decir de las marchas de protesta y procesiones, que llevan consigo el supuesto ejercicio de un derecho. Y digo “supuesto”, ya que atenta contra el derecho de la mayoría a transitar libremente.

Y es en octubre cuando la situación empeora. Son seis recorridos procesionales que se realizan en todo el mes y cada uno conlleva al cierre de varias calles y avenidas a lo largo de todo el día. Eso, sin contar las procesiones que se realizan en diversos barrios. No pretendo desconocer el valor religioso de la devoción al Señor de los Milagros, el problema aquí es de la necesidad de una convivencia urbana armoniosa. Según estudios de la Gerencia de Transportes del municipio provincial, 50 mil vehículos recorren diariamente el Centro Histórico y más de 150 mil personas, para cumplir con sus trabajos u otras diligencias, las que se ven afectadas, sobre todo por las dimensiones del evento religioso.

La venerada imagen de la Virgen de Chapi congregó, en varias oportunidades, a miles de devotos en el Estadio Arequipa. ¿Sería un milagro que se escogiera el mismo recinto para la veneración del Cristo Morado? La propuesta no es ideal, pero pretende no ser drástica ni irreverente.


Algunos dirán que no sólo en Arequipa se realiza este tipo de recorridos y que si en Lima se sigue haciendo, aquí también se puede. Pero debo recordar lo estrechas que son nuestras calles y que apenas si contamos con vías de desfogue. Por lo cual, no sólo en octubre debería cambiarse de hábitos –valga la ironía-, sino que deberíamos comenzar a dejar de lado la mala costumbre de ignorar al prójimo y su simple derecho a transitar sin tener que comer ansias.  

Renuncia periodística

El periodismo es de esas profesiones que entristece a un padre cuando escucha a su hijo que la ha elegido como carrera. No es de las que dan prosperidad económica con su solo y limpio ejercicio. Las satisfacciones son otras, por eso, es de las que necesitan más vocación que otras, más idealismo. Pero de los ideales, por lo general, no se vive; al contrario, se muere. Por desgracia, o por fortuna, la muerte es lenta.

El buen periodismo, como dice el maestro Ryszard Kapuściński, es intencional, es decir: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. Ojo: un cambio en la sociedad. A un ideal tan alto es más fácil renunciar que aferrarse. Y el mal periodismo es ése, el que renunció; y se ha fijado objetivos de otra índole.

Un locutor de radio que “abre los micros” en nombre de la libertad de expresión pero que deja que las honras sean vilipendiadas sin más pruebas que un resentimiento exacerbado y anónimo detrás de la línea del teléfono, ha renunciado al periodismo por completo. El cronista deportivo que critica al club de fútbol luego que no le permitieron ingresar con su familia al estadio sin pagar entrada, también. Ha renunciado al periodismo y desde el inicio, el novel reportero que corre tras una conferencia de prensa en busca de bocaditos y lapiceros de regalo; tanto como el conocido presentador de noticias que alquila su espacio en televisión para difundir con el rótulo de “información” aquello que es publicidad. Renuncia al periodismo también quien, bajo el extraño concepto de “periodismo institucional”, cumple las funciones de un relacionista público. Y si han renunciado no debería exigir el nombre de periodistas; pero lo tienen.

Algunos consideran que el empirismo es la principal causa del mal ejercicio de la carrera. Y en realidad la afirmación es muy vaga. Existen grandes periodistas que no pasaron por una facultad de periodismo y viceversa. En todo caso, el mal ejercicio nace de la absoluta falta de formación o de una deficiente. Pero, malos profesionales los hay en todos los campos. La diferencia es que la labor periodística está más expuesta al escrutinio público. Pero esto no es una excusa; por el contrario, es un agravante.


Hay que tener en cuenta que el título de “cuarto poder” es más lírico que pragmático, pues el poder lo detenta quienes están a la cabeza de los medios de comunicación, no los periodistas. Aun así, los periodistas ocupamos un privilegiado lugar en los mass media, desde el cual quizás no podamos mejorar el mundo, pero –al menos- podemos intentarlo. Y en ese intento está la vocación, el mérito de ser llamado periodista, de esos que ayer 1 de octubre, Día del Periodista Peruano, no asistieron a ningún agasajo ofrecido por quienes tienen que fiscalizar.